
Quizás “corrupción” sea una de las palabras que más han sonado en los últimos días. Lamentablemente, este término es un clásico de la vida pública española. Ya en nuestro siglo XIX, las corruptelas en época de Fernando VII y su hija Isabel II fueron motivo de descontentos sociales. Afortunadamente, en democracia se puede investigar y descubrir toda esta trama de favores y prebendas entre cargos públicos, administraciones y empresas privadas. Sin embargo, en otros periodos históricos las cotas de corrupción fueron mucho mayores, pues nada se podía hacer para conocerla y sobre todo denunciarla. Las corruptelas del poder en modelos de sociedades no democráticas son a veces incalculables.
Pero dicho esto, nada justifica que nuestra sociedad siga recibiendo una y otra vez palos por culpa de la falta de ética de aquellos que deben de guiar la vida en común. Porque corrupción, según la RAE, suena a putrefacción, descomposición, podredumbre, degeneración, fermentación, deterioro de valores, usos y costumbres. Y en las organizaciones, especialmente las públicas, resulta ser una práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funciones de aquella en provecho de sus gestores. Por ello suena a soborno, cohecho, compra, coima. Siendo contraria a la honradez y la integridad.
En definitiva, es la acción y efecto de corromper o corromperse. Y la RAE, nuevamente, nos muestra las acepciones de un término negativo donde los haya, pues se refiere a alterar y trastocar la forma de algo, echar a perder, depravar, dañar o pudrir algo, sobornar a alguien con dádivas o de otra manera, pervertir a alguien, hacer que algo se deteriore, incomodar, fastidiar, irritar, oler mal. Y por ello es sinónimo de pudrir, descomponer, estropear, deteriorar, malograr, desintegrar, sobornar, comprar, untar, cohechar, aceitar, coimear, billetear, pervertir, seducir, enviciar, depravar, degenerar, viciar, apestar, estropear, dañar, arruinar. Un elenco de acepciones negativas como hay pocos.
Con tantas acepciones negativas, es normal que a ningún grupo le apetezca que se le endiñe este San Benito e y que muchas esferas de la vida puedan estar salpicadas por ella. La corrupción es muy sutil; a veces se camufla de favores o recompensas. Por ejemplo, un simple regalo de agradecimiento puede ser una práctica corrupta si con ello se altera o se consigue un favor o prebenda que perjudica a otros. También podría ser una práctica corrupta cuando algún servidor público no cumple con sus funciones y los demás compañeros (subordinados o no) lo aceptan, quizás porque de esa manera en algún momento se podrá beneficiar o sacar provecho, en una especie de relación feudal. O cuando un grupo político surgido de la nada hace un gasto ingente sin control alguno de dónde provienen esos fondos.
Pero sin duda, cuando este término toma su máxima expresión es cuando desde la administración pública se actúa de forma torticera para obtener un gran beneficio personal. Los millonarios presupuestos del Estado, de las comunidades autónomas, diputaciones e incluso ayuntamientos son en muchas ocasiones un caramelo muy apetitoso para quienes desde lo público o lo privado quieren sacar un provecho espurio.
Y en este escenario, cabría recordar que este fenómeno se da al menos con la participación de varios actores, no solo los cargos públicos o políticos, que suelen ser los blancos preferidos de las críticas cuando se destapa un caso. También están los representantes de empresas que sacan tajada. Y como personal encargado de que esto no pase o suceda están los funcionarios públicos que actúan en esos actos administrativos y son “garantes de que el proceso de contratación pública cumpla con los principios de publicidad, concurrencia, transparencia, eficiencia e integridad, y protegiendo el interés público en todo momento”.
Por ello, se me antoja que muchas de las cuestiones que están saliendo tendrán que ser demostradas fehacientemente, pues la fiscalización durante el proceso debió existir y, si no fue así, pues toca limpiar la era con todo lo que haga falta. Por el bien de la democracia, por el bien común.