
Por: Gaspar J. Perea Cuesta
Hay frases publicitarias que trascienden el mero cartel para convertirse en una descarada declaración de intenciones políticas. El reclamo «Más rebujito, menos drama», instalado con tipografía de azulejo tradicional para promocionar la Caseta de la Juventud promovida desde el Consistorio en la Feria de Tarifa, es mucho más que un eslogan chabacano: es la receta con la que el gobierno local pretende despachar las demandas de toda una generación.
Para entender este despliegue de dinamización de barra conviene hacer memoria. El año pasado, la gestión municipal de la feria dejó a los tarifeños sin una caseta pública a la altura, desatando un malestar social y unas críticas que aún escocían en la bancada del equipo de gobierno. Tras aquel sonado tropiezo, la solución institucional para este año no ha sido devolverle a la caseta pública su carácter cultural, de encuentro intergeneracional y de servicios accesibles a precio razonable. La respuesta ha sido lanzar una consigna que roza el desprecio a la inteligencia ciudadana: bebed y no molestéis.
El problema es el fondo. ¿A qué llama «drama» el Ayuntamiento cuando se dirige a los jóvenes de Tarifa?
¿Es un «drama» no encontrar una vivienda de alquiler digna porque el municipio ha sido engullido por la especulación turística y los pisos vacacionales? ¿Es un «drama» la precariedad laboral estacional que condena a la juventud al desempleo o a la emigración el resto del año? ¿O acaso es un «drama» la absoluta falta de oportunidades, espacios culturales y políticas de juventud reales durante los doce meses del año?
Tratar las preocupaciones estructurales de la juventud como un mero «drama» del que hay que evadirse a golpe de jarra es de una irresponsabilidad política alarmante. Las administraciones públicas no están para hacer de relaciones públicas de la noche ni para recetar alcohol como anestesia social. Tienen la obligación legal y moral de proteger la salud de la población y ofrecer alternativas de ocio saludables.
Sin embargo, el calendario no perdona. Con las elecciones municipales de mayo de 2027 cada vez más cerca en el horizonte, las prisas por tapar los errores del pasado se hacen evidentes. La estrategia del pan y circo —o de la música alta y el rebujito— intenta levantar una cortina de humo festiva que haga olvidar la falta de gestión y el abandono de los problemas reales del pueblo.
Pero la juventud tarifeña no necesita que la anestesien ni que reduzcan sus aspiraciones a una mesa alta en la feria. Necesita un modelo de pueblo con futuro, vivienda asequible y trabajo digno. El verdadero drama no es el que sufren los jóvenes día a día, sino tener un equipo de gobierno que pretende solucionar la falta de modelo de ciudad invitando a la gente a olvidar sus problemas en la barra de un bar.