Por GASPAR J. PEREA CUESTA

Decía Karl Marx para ridiculizar las piruetas teóricas de su época que el pragmatismo inglés convertía a los hombres en sombreros, mientras que la metafísica alemana convertía los sombreros en ideas. Traer La miseria de la filosofía a la política municipal de Tarifa no es ningún exceso pretencioso: es la única forma de entender el espectáculo al que asistimos. Mientras la calle pide soluciones materiales a problemas tangibles, el gobierno local insiste en hacer metafísica: transformar el caos real en un problema abstracto y la falta de gestión en una conspiración enemiga.
El certero análisis que nos brindaba recientemente Desde la atalaya no solo daba en el clavo, sino que abría un melón que conviene profundizar: no estamos ante hechos aislados, sino ante los síntomas evidentes de una recta final de mandato dominada por el nerviosismo.
Cuando un gobierno municipal decide acelerar trámites urbanísticos clave por la vía de urgencia, no hace falta ser un lince para entender la maniobra. No es previsión; es la prisa del mal pagador. Lo que en el fondo se debate no es el desarrollo de Tarifa, sino el modelo de pueblo que nos dejan: uno pensado para el beneficio rápido de unos pocos o uno diseñado para la vida de la mayoría. Que la oposición denuncie esto no es “bloqueo” como pretende vender el relato oficial, es puro ejercicio de responsabilidad republicana.
Pero donde la “metafísica tarifeña” alcanza su cénit es en la movilidad. Nadie pide milagros cuando agosto aprieta y el Campo de Gibraltar entero busca nuestras playas. Lo que se exige es lo mínimo: capacidad de previsión. El colapso circulatorio no fue una sorpresa de la naturaleza; fue el resultado de cruzar los brazos teniendo sobre la mesa todos los indicadores esperables (Paso del Estrecho, cambio de quincena y buen tiempo). Y ante esto, ¿Cuál fue la respuesta del alcalde? La clásica cortina de humo. En lugar de explicar el operativo, prefirió abalanzarse sobre el escrito del PSOE como si fuera una declaración de guerra. Hay una norma no escrita en la política de vuelo corto: cuando no puedes defender la gestión, ataca al mensajero.
Ahí encaja también el tufo a nerviosismo en redes sociales. La escalada de descalificaciones hacia el portavoz socialista, Paco Ruiz, ha traspasado la trinchera ideológica para rozar el absurdo. Tratar de deslegitimar el valor del trabajo intelectual o administrativo frente al físico no solo revela una peligrosa ignorancia sobre cómo funciona una sociedad moderna; es, sobre todo, una muestra de debilidad. Solo se recurre al barro personal cuando se han agotado los argumentos en el pleno y cuando el calendario electoral empieza a apretar el cuello.
Desde la atalaya nos ofrecía una excelente panorámica de los hechos. Desde aquí nos toca añadir la conclusión: la política local no puede consistir en gobernar a base de notas de prensa beligerantes y vetos a la oposición. Tarifa no necesita filósofos del despiste ni agitadores de redes; necesita gestores que sepan despejar los accesos al pueblo antes de que la realidad les pase por encima. Por mucho que empeñen su tiempo en señalar la paja en el ojo ajeno, la viga sigue ahí, atascando la entrada a nuestro municipio. Y esa no hay relato que la disuelva.