La iniciativa de la soprano tarifeña Rocío de la Luz Martínez permitió llevar al escenario la ópera de Donizetti en una representación benéfica a favor de la AECC, mientras el público soportó temperaturas extremas durante casi tres horas.
Patio de butacas del Teatro Cine Alameda antes de comenzar una función/S.T.
Hay veladas en las que el arte tiene un poder casi milagroso: el de hacer vibrar el alma mientras el cuerpo se derrite lentamente. Eso fue precisamente lo ocurrido anoche en el Teatro Alameda de Tarifa durante la representación benéfica de Lucia di Lammermoor, destinada a recaudar fondos para la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC).
La iniciativa, impulsada por la soprano Rocío de la Luz Martínez, orgullo de la emigración tarifeña, permitió que el público disfrutara de una obra cumbre del bel canto romántico. Bajo su dirección, la puesta en escena de la ópera de Gaetano Donizetti rozó lo sublime y cosechó un éxito rotundo de público, con el objetivo solidario cumplido y un notable despliegue de talento sobre el escenario.
Hasta ahí, la grandeza de unos artistas y unos organizadores que entregaron el corazón. El problema estuvo en el continente, no en el contenido.
El Teatro Alameda, con el aforo completo, volvió a poner de manifiesto las deficiencias de sus instalaciones, especialmente en materia de climatización. La ausencia de un sistema de aire acondicionado operativo convirtió la sala en un espacio sofocante para intérpretes y espectadores.
La escena de la locura, también en el patio de butacas
Resultó especialmente paradójico que la obra, célebre por su desgarradora escena de la locura, encontrara durante la noche un reflejo fuera del propio argumento. En esta ocasión, el malestar no procedía de la tragedia dramática de Donizetti, sino de unas temperaturas extremas que hicieron especialmente difícil seguir la representación.
Los intérpretes tuvieron que desarrollar su trabajo bajo los focos y en unas condiciones térmicas poco apropiadas para una representación de casi tres horas. Entre el público, fueron numerosos los asistentes que recurrieron a los programas de mano como improvisados abanicos para intentar combatir el calor.
Entre los espectadores se encontraban también el alcalde de Tarifa y el concejal de Cultura, cuya presencia hizo todavía más evidente la situación de unas instalaciones municipales que vienen arrastrando problemas de climatización.
Una deficiencia que vuelve a poner el foco sobre la gestión del Alameda
La falta de climatización adecuada del Teatro Alameda no parece responder únicamente a una circunstancia puntual relacionada con las altas temperaturas del verano. El problema se viene repitiendo en distintos acontecimientos y vuelve a plantear interrogantes sobre el estado y la gestión de una infraestructura cultural de referencia para Tarifa.
La situación resulta especialmente llamativa cuando el propio público responde de forma masiva a iniciativas culturales y solidarias como la celebrada anoche. La ciudadanía llenó el teatro y respaldó una causa tan noble como la lucha contra el cáncer, mientras artistas y organizadores asumieron el reto de ofrecer una producción operística de gran exigencia.
La cuestión que queda sobre la mesa es qué respuesta ofrecerá el Ayuntamiento ante unas deficiencias que se vienen señalando desde hace tiempo. La climatización del Alameda se ha convertido así en otro de los asuntos pendientes de la gestión municipal, en un contexto en el que la actual corporación, integrada por PP y Nuevos Aires, ha recibido críticas por la situación de las instalaciones culturales.
Más allá de las responsabilidades que puedan atribuirse a anteriores corporaciones, la realidad es que son los actuales responsables municipales quienes tienen que garantizar que los espacios públicos destinados a la cultura se encuentren en condiciones adecuadas para acoger tanto a los artistas como al público.
Un triunfo artístico y solidario
Frente a las deficiencias de la instalación, la respuesta de los artistas y de la ciudadanía estuvo a la altura de la ocasión.
Rocío de la Luz Martínez y su elenco demostraron que el talento tarifeño no entiende de fronteras ni de incomodidades. La soprano, vinculada a Tarifa y a su tradición de emigración, asumió una iniciativa de notable dimensión artística y solidaria que permitió acercar al público una producción operística de especial relevancia y, al mismo tiempo, contribuir a una causa tan necesaria como la lucha contra el cáncer.
El público respondió llenando el Teatro Alameda y acompañando la representación hasta el final. Los aplausos fueron la mejor muestra del reconocimiento a quienes hicieron posible la velada.
El contraste con las condiciones de la sala, sin embargo, resultó inevitable. Artistas y espectadores cumplieron con su parte. La administración municipal tiene pendiente la suya: garantizar que el principal espacio escénico de la ciudad disponga de unas instalaciones acordes con la actividad cultural que acoge.
El telón cae, el problema permanece
Lucia di Lammermoor concluyó entre ovaciones cerradas y con un público entregado que, después de casi tres horas de calor, pudo finalmente reencontrarse con la brisa de Tarifa.
Triunfó la música. Triunfó la solidaridad con la AECC. Y triunfó, sobre todo, la iniciativa de una artista tarifeña y el esfuerzo de todo el equipo que hizo posible la representación.
Pero cuando la última nota se apagó y el escenario quedó vacío, permaneció una cuestión que trasciende la propia función: ¿hasta cuándo tendrá que soportar el Teatro Alameda unas condiciones que dificultan el normal desarrollo de la actividad cultural?
El talento de una hija de Tarifa y la generosidad de su pueblo merecen unas instalaciones a la altura. El Alameda necesita algo más que buenas programaciones y artistas comprometidos: necesita una gestión que garantice que quienes acuden a disfrutar de la cultura puedan hacerlo en condiciones dignas.
Porque la única locura que debería vivirse en el Alameda es la que pide el guion de Lucia di Lammermoor.