¿Que se pare el mundo? No, que nos cambien de película

Si metiéramos el panorama internacional actual dentro de una coctelera y agitáramos con fuerza, el combinado resultante no se lo bebería ni el cliente más temerario de la barra. El menú del día global ofrece un contraste tan grotesco de confeti, funerales de Estado, geopolítica de gatillo fácil y catástrofes naturales, que la mítica frase de Mafalda —«¡Que se pare el mundo, que me quiero bajar!»— empieza a sonar menos como un lamento existencial y más como una solicitud de evacuación formal y urgente.

Miren a su alrededor. Por un lado, Estados Unidos sopla las velas del 250 aniversario de su independencia. Un experimento democrático que se celebra entre fuegos artificiales, barras y estrellas, y el inconfundible aroma del orgullo americano. Pero la resaca de la fiesta se sirve al otro lado del globo, donde Irán entierra a su líder, víctima de un golpe quirúrgico ordenado desde el Despacho Oval por un Donald Trump que sigue jugando al ajedrez mundial con las reglas del boxeo sin guantes. El contraste es escalofriante: mientras en Washington se brinda por la libertad, en Oriente Medio se jura venganza sobre un ataúd, recordándonos que el pastel de cumpleaños global siempre viene con una ración de pólvora.

Y mientras la política internacional ruge, la naturaleza decide que no estamos sufriendo suficiente inestabilidad. Venezuela llora hoy sobre los escombros de una tierra que se ha estremecido brutalmente. Como si el país caribeño no tuviera ya suficientes grietas sociales y económicas, el suelo se quiebra bajo los pies de un pueblo que ya no sabe a qué santo encomendarse. La tragedia humana nos devuelve a la realidad más cruda: la geopolítica es un juego de despachos, pero el dolor del barro y las pérdidas humanas es dolorosamente real.

Sin embargo, el capitalismo y el espectáculo tienen una norma sagrada: el show debe continuar. Por eso, en medio del luto venezolano y las tensiones nucleares de fondo, Estados Unidos, México y Canadá se dan la mano para copatrocinar el Mundial de Fútbol. El opio del pueblo globalizado. Millones de dólares, estadios hipertecnológicos y balones rodando para anestesiar, aunque sea por noventa minutos, un planeta que cruje por las costuras. El fútbol como la tirita perfecta para un cuerpo lleno de hemorragias.

Pero no hace falta mirar al mapamundi de las superpotencias para sentir el vértigo de este guion de locos. Acerquemos la lupa a nuestra propia esquina. El Pal Sur Festival llegó a Tarifa. Lo que nació y se promueve como un gran ciclo de conciertos estivales gratuitos para dinamizar los municipios gaditanos y ofrecer ocio a la juventud, desembarca con las alas cortadas. Un evento que cuenta con el sello y el generoso patrocinio público de la Diputación de Cádiz y el Ayuntamiento, y que ahora se ve salpicado por el fango de las finanzas opacas mientras su organizador duerme en prisión por un supuesto blanqueo de capitales derivado del narcotráfico. El sueño de la música y el turismo institucional bajo el sol de Tarifa, ensombrecido por los registros de la Guardia Civil y el banquillo de los acusados en un abrir y cerrar de ojos.

El diagnóstico: Una coctelera sin barman

¿Qué obtenemos al final de este trago? Un destilado de pura esquizofrenia contemporánea. Vivimos en un mundo capaz de organizar la mayor fiesta del deporte rey mientras se prepara para una posible guerra global, un planeta donde el suelo se traga ciudades enteras mientras los magnates de la música ocultan billetes en paraísos fiscales.

Pedir que se pare el mundo para bajarnos ya no es una opción; el tren va demasiado rápido y los frenos se rompieron hace tiempo. Quizás la única salida digna sea sentarse en primera fila, mirar el espectáculo con una mezcla de estoicismo y mirada crítica, y esperar que, entre gol y gol del Mundial, nos quede algo de humanidad para reconstruir lo que la coctelera termine por romper.

 

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Rosmarie
Rosmarie
Visitante
3 meses

Interesante escrito que espero que lea más gente y quizás…. despierten de la película que, o la cambiamos nosotros o no la cambia nadie por nosotros.