
El levante soplaba con esa mala leche que solo gasta en la esquina del mundo, allí donde el Mediterráneo se rinde al Atlántico y el aire se vuelve un lamento constante. Lucita salió de la nave de la conservera ajustándose el pañuelo a la nuca, sintiendo el frío del metal de las latas todavía metido en las uñas. El aire de la tarde no olía a gloria; olía a salmuera densa, a aceite de oliva y al rastro metálico de la melva recién estibada.
Al llegar al muelle, divisó a Añito. Estaba sentao sobre un revoltijo de redes oscuras, con la piel curtida como el cuero de una bota y la vista perdía en el horizonte, allí donde la Isla de las Palomas parece que se quiere ir de nalgas para África.
—¿Qué, Añito? ¿Trae cuenta lo de hoy o nos comemos los deos? —soltó Lucita, dejándose caer a su vera con un suspiro que le supo a sal.
Añito escupió una brizna de tabaco y negó con la cabeza, sin quitarle el ojo a la espuma blanca que coronaba las olas. Tenía las manos hinchadas, surcadas por cortes que el agua salada nunca dejaba cerrar del todo.
—El trasmallo venía enfangao, Lucita. Pero el pescado hoy traía mal cuerpo, como si supiera algo que nosotros no. El Estrecho está cerrao en banda, y no es solo por el viento, te lo digo yo.
Lucita sacó medio limón del bolsillo del delantal y empezó a restregárselo por las manos, dándole bocaos al olor a chanca que no se le iba ni con agua bendita.
—He visto al gachó otra vez —soltó ella bajito, para que el levante no le robara el chisme—. El tal Alain. Estaba allí en Los Lances con unos tíos de chaqueta, clavando estacas en la arena como si la playa fuera de su padre.
Añito soltó una risotada ronca, de esas que suenan a piedra rodando por el fondo del mar.
—¿Estacas en la arena? ¡Ese no sabe lo que es un temporal de levante! A la primera marea fuerte se le van los palitos y los papeles al carajo. ¿Qué se le ha perdío a ese hombre aquí, Lucita? Si en la playa no hay más que viento que te lija hasta el alma.
—Dice que va a hacer “casas de recreo”, Añito —respondió ella, masticando la palabra con fatiga—. Dice que la luz de Tarifa vale más que lo que hay metío en las latas. Que la gente va a soltar los billetes por venir a mirar el mar desde un cristalito, como el que mira un cuadro en el casino.
Añito se pegó un voltio, clavándole sus ojos castaños, tos coloraos de la sal y el cansancio.
—¿Mirar el mar? El mar no se mira, Lucita. Al mar se le tiene respeto o se le trabaja de sol a sol. Nadie paga un duro por mirar el sitio donde los hombres nos dejamos los redaños. Ese Alain está trastornao por el sol, te lo digo yo.
—No sé yo, Añito… —Lucita miró hacia la fábrica, con la chimenea soltando un humo gris que el viento deshilachaba a traición—. Hoy, mientras cerraba las latas, me he quedao mirando la pared desconchada. El Alain me ha saluao al pasar y me ha dicho que, en unos años, en vez del jaleo de las máquinas, aquí se va a oír música y risas de gente en bañador.
Añito se levantó de un brinco, sacudiéndose la sal de los pantalones con una rabia que le nacía en las entrañas.
—¡Gente en bañador! —gruñó, señalando con el dedo tieso el mar rabioso que blanqueaba en la orilla—. Que se metan hoy, a ver si el Estrecho les ríe la gracia. Anda, tira, vamos pa la chanca, que allí está nuestro hogar, que la sal me tiene ya cegato y no quiero escuchar más pamplinas del francés ese. El pescado es el que manda, Lucita. De toa la vía de Dios.
Lucita se levantó y tiró tras él, buscando el resguardo de los muros blancos que olían a vida y a faena, pero antes de enfilar la callejuela, echó la vista atrás. Alain seguía allí, una silueta finolis y sola contra el perfil de las dunas, aguantando un plano que el viento quería arrancarle. Lucita tuvo una corazonada mala: aquel extranjero no estaba peleando con el levante, estaba esperando a que el viento terminara de barrer todo lo que ellos eran.