Enseñar y aprender sin dejar a nadie atrás

Hoy el alumnado de Infantil y primeria vuelve a sus aulas. El personal docente y no docente lleva ya una semana incorporado a sus puestos. De alguna manera, hoy comienza el curso escolar 2026-27.

Y yo deseo, de todo corazón, que sea un curso repleto de buenos sabores. Que haya motivos para aprender, para enseñar y para disfrutar haciéndolo. Pero, sobre todo, deseo que existan garantías para que todos los niños y niñas reciban no solo una educación digna, sino una buena educación; una educación que les permita crecer, descubrir, avanzar y afrontar el futuro en condiciones de igualdad.

En Tarifa, sin embargo, comenzamos con las carencias de siempre y con algunos puestos de perfil pendientes de resolver. Aquello que sus compañeros de la Junta garantizaron que “iban a solucionar” no solo sigue sin solucionarse, sino que, en determinadas situaciones y centros, ha empeorado. Ahora veremos cómo evolucionan esos problemas y esas carencias: si se corrigen, si se enquistan o, sencillamente, si terminan agravándose hasta convertirse en algo que ya nadie pueda ignorar.

Y, mientras tanto, comenzamos también el curso con los —cuestionables— datos del informe PISA, que no dejan en muy buen lugar a la Educación de nuestro país.

Pero hay algo que me llama poderosamente la atención. Cuando llegan estos informes, casi siempre encontramos rápidamente a los culpables: el alumnado y el profesorado. Esta vez, entre las causas que se apuntan para explicar el fracaso aparecen, entre otras, que nuestros niños y niñas no leen, que pasan demasiado tiempo en las redes sociales o que recurren a la inteligencia artificial.

Y resulta curioso, porque durante días las páginas de los diarios y los informativos se llenan de titulares sobre el fracaso educativo. Se buscan culpables, y con demasiada facilidad se señala al propio alumnado. Pero apenas se escucha hablar —al menos en los grandes rasgos de los noticiarios, sin entrar siquiera en el contenido concreto del informe— de la realidad en la que esos niños y niñas tienen que aprender.

No se habla suficientemente de unos centros educativos que, en muchos casos, se han quedado atrás, desfasados y con carencias de recursos educativos. De aulas masificadas. De comedores cuyos precios resultan inasumibles para muchas familias. De horarios incompatibles con la conciliación laboral o, directamente, de centros que ni siquiera pueden ofrecer ese servicio.

No se habla de escuelas infantiles sin personal suficiente para atender a 25 niños y niñas que todavía no han cumplido un año. De técnicos y educadoras desbordados, haciendo auténticos equilibrios para atender unas necesidades que crecen mientras los recursos no lo hacen. De centros de enseñanza que son hornos cuando se acercan los meses de verano y neveras durante el invierno.

No se habla de la pobreza infantil. No se habla, con la suficiente contundencia, del aumento del alumnado con necesidades educativas especiales. Y no se habla de que, mientras todo esto sucede, administraciones como la andaluza eliminan PTIS.

Después… miramos una tabla, observamos unos porcentajes y decidimos quién ha fracasado.

En fin, no creo que los niños y niñas españoles no son menos inteligentes que los británicos o los de Singapur. Quizás, sencillamente, tengan menos recursos para cubrir sus necesidades educativas. Quizás el problema no esté en ellos. Quizás tampoco en quienes cada día se dejan la piel dentro de un aula. Quizás tengamos que empezar a mirar un poco más arriba.

Quizás el informe PISA no debería convertirse en un tocho que arrojar a la cara de los incompetentes “servidores” públicos para justificar políticas, discursos o titulares. Quizás debería servir para algo mucho más importante: convertirse en una herramienta útil para diagnosticar las verdaderas necesidades educativas.

Porque esas necesidades existen. Son muchas. Son diversas. Y tienen rostro. Tienen nombre. Están sentadas cada mañana en nuestras aulas.

A mí, personalmente, me importa poco que nuestros alumnos y alumnas sean mejores o superiores a los de Singapur. Lo que me importa es que en mi país, en mi comunidad, en mi Tarifa haya niños y niñas que no acuden a la escuela porque viven en la exclusión social. Me importa que haya quienes regresan a casa y no disponen de un rincón donde estudiar. Me importa que haya niños y niñas que no tienen acceso a una biblioteca. Me importa que algunos tengan que abandonar sus viviendas porque el autobús escolar no los recoge. Me importa que otros tengan que quedarse aislados o ser derivados a centros especiales porque en sus propios centros de enseñanza no reciben la atención que necesitan. Esto es lo que me preocupa, esto es lo que debería preocuparnos. Y me preocupa que no preocupe lo suficiente.

Porque detrás de cada cifra hay un niño o una niña. Detrás de cada porcentaje hay una historia. Y detrás de cada puesto que falta, de cada aula masificada, de cada recurso que no llega, de cada profesional desbordado, hay una oportunidad que se pierde.

El informe PISA no demuestra que nuestros niños y niñas sean más torpes que los niños y niñas de otros países. No dice que tengan menos capacidad, menos talento o menos futuro.

Lo que debería hacernos mirar es otra cosa. Debería obligarnos a preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para que todos ellos puedan desarrollar plenamente sus capacidades.

Porque el verdadero fracaso no es que un niño no alcance una determinada puntuación en un informe. El verdadero fracaso es que un niño no tenga las condiciones necesarias para aprender. El verdadero fracaso es que su situación económica determine sus oportunidades. El verdadero fracaso es que necesite apoyo y no lo encuentre. El verdadero fracaso es que quiera estudiar y no tenga dónde hacerlo. El verdadero fracaso es que una administración conozca sus necesidades y, aun así, no ponga los recursos necesarios.

El informe PISA, por tanto, no revela el fracaso de nuestros niños y niñas. Revela, mucho más profundamente, el fracaso de quienes nos gobiernan en la construcción de una sociedad no solo académicamente más y mejor preparada para afrontar el futuro, sino también de una sociedad más plural, más igualitaria y más inclusiva.

Porque educar no consiste únicamente en conseguir mejores resultados que Singapur. Educar consiste en no dejar a nadie atrás.

 

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Juan A Criado Atalaya
Juan A Criado Atalaya
Visitante
2 horas

Buena reflexión