Por Gaspar J. Perea Cuesta

A colación del libro «Historia de Tarifa» que presenta hoy Fran, aquí va este viaje al pasado frente al manicomio global…
Hubo un tiempo en que el futuro estaba a exactamente veintidós kilómetros de curvas y viento. Para los adolescentes que habitábamos la Tarifa de finales del siglo pasado, el progreso no era una abstracción metafísica: era un armatoste de metal que llamábamos, con una mezcla de liturgia y resignación, «el coche de la hora». Subirse a aquel autobús de línea no era simplemente realizar un trayecto hacia Algeciras; era cruzar una frontera mental. Íbamos a los institutos, a buscarnos los nombres de las cosas en los libros. Íbamos, en definitiva, a formarnos, convencidos de que el mundo se abría y de que la razón ilustrada terminaría por barrer los últimos fantasmas del dogmatismo que aún flotaban en el Estrecho.
Si Marco Aurelio hubiera tenido que legislar sobre la sucesión del conocimiento en aquellos asientos de escay, nos habría recordado que la mayor herencia que un pueblo deja a sus hijos es la capacidad de pensar por sí mismos. Aquel viaje diario era nuestra escuela estoica: aguantar el Levante, asimilar el traqueteo y digerir la ambición de ser libres. Creíamos que estábamos heredando un mundo en expansión.
Qué ingenuos éramos en nuestra bendita adolescencia itinerante.
Hoy, al mirar el entorno global, uno siente que aquel coche de la hora ha entrado en una vía muerta o, peor aún, que ha dado la vuelta en redondo. El repliegue hacia el autoritarismo, el preocupante fetiche por un nacionalcatolicismo que creíamos sepultado y la obsesión por levantar muros —mentales y físicos— nos devuelven una estampa que parece diseñada por el delirio eugenésico de Aurora Rodríguez Carballeira, la trágica madre de Hildegart.
Aurora soñaba con una sociedad rígidamente organizada donde el mundo entero fuera un manicomio. En su utopía paranoica, los psiquiatras ejercerían de sacerdotes célibes, auxiliados por sacerdotisas exquisitas para el sexo ritual. Pero había una trampa en su sistema: si uno de esos guardianes de la mente se enamoraba «como un bobo», perdía su estatus y era degradado a la categoría de alienista común. El sistema no toleraba la empatía; el dogma exigía una frialdad quirúrgica.
Al observar el tablero político actual, con sus nuevos sumos sacerdotes de la intolerancia y sus discursos de orden cuartelero, es imposible no ver el manicomio de Aurora hecho realidad. La política se ha vuelto clínica, punitiva y despiadada. Quien se sale del guion de la crispación, quien se atreve a mostrar vulnerabilidad o a defender una fiscalidad justa y una sucesión social equitativa, es inmediatamente tildado de “bobo” y expulsado al ostracismo por los nuevos alienistas del pensamiento único.
¿Qué nos ha pasado a los que viajábamos en aquel coche de la hora? Nos ha pasado el presente. Nos ha pasado el descubrimiento de que la modernidad no era una línea recta, sino un camino sinuoso propenso a los desprendimientos.
Aquel autobús de línea de Tarifa a Algeciras nos formó para un mundo que ya no existe. Nos preparó para ser ciudadanos de una plaza pública abierta, y de pronto nos hemos despertado siendo internos de un centro de reclusión ideológica global. Sin embargo, nos queda la memoria del viaje. Nos queda el recuerdo de que, por mucho que los nuevos sacerdotes del autoritarismo pretendan gestionar el manicomio, hubo una generación que aprendió a mirar el horizonte del Estrecho sabiendo que el viento, tarde o temprano, siempre vuelve a cambiar de rumbo.
Epílogo
El motor del coche de la hora se apagó hace tiempo, pero el eco de sus viajes sigue resonando en páginas como las que Fran nos ha regalado hoy en la presentación de su Historia de Tarifa. Un libro imprescindible para entender quiénes somos, pero que nos deja con ganas de más. Por eso, Fran, te toca seguir. Tu libro ya es una realidad, pero el baúl de anécdotas, personajes y nostalgia de Tarifa es inagotable. No nos dejes a medias y síguenos regalando tu forma de rescatar del olvido los relatos de nuestra tierra. ¡A por el siguiente!