Desde la atalaya: votar futuro

El próximo domingo, diecisiete de mayo, se celebrarán las elecciones al Parlamento de Andalucía. Las encuestas apuntan a una victoria de la derecha que, unida a la extrema derecha, no tendrá demasiados obstáculos para diseñar el futuro gobierno de nuestra tierra.

Por lo que hacen y dicen estas fuerzas políticas, podemos entrever un futuro más individualista, donde la exclusión de los más débiles sea una de sus principales señas de identidad. El ensalzamiento de la economía de mercado hará que derechos básicos como la vivienda sean cada vez más difíciles de alcanzar, mientras el debilitamiento de los servicios públicos, como la sanidad, y el auge de universidades privadas contribuirán a perpetuar determinados privilegios sociales.

Una parte importante de la población defiende este modelo de sociedad porque le interesa y otra, lamentablemente, lo consume sin demasiado cuestionamiento, como quien consume comida basura o discursos de odio en las redes sociales. Siempre se ha dicho que el pueblo es quien pone y quita reyes, pero muchas veces termina apoyando opciones que van contra sus propios intereses.

Quienes conocen algo de historia saben que, durante la llegada del liberalismo, muchos sectores rurales vivieron una gran incertidumbre. Parte de esa población, sintiéndose desamparada, acabó aferrándose a principios tradicionalistas y a consignas como el famoso “¡Vivan las cadenas!”, aceptando la pérdida de libertades a cambio de una aparente seguridad. Frente a esto, quienes defendían ideas más racionales y progresistas no supieron conectar con ese pueblo que se sentía abandonado y sin soluciones reales a sus problemas.

Fueron tiempos en los que las tierras cambiaban de dueño con los procesos de desamortización y una nueva burguesía, ligada muchas veces a la administración del Estado y al ejército, se hacía fácilmente con ellas. Mientras las tierras comunales no llegaban a quienes más las necesitaban: los jornaleros. La hambruna campaba a sus anchas mientras las nuevas fortunas crecían.

Con la llegada de la democracia, afortunadamente, Andalucía vivió importantes avances sociales. Los subsidios agrarios y el PER permitieron a muchas familias dejar atrás la dependencia absoluta de las peonadas del campo y acceder a una vida más digna. Aquello fue muy criticado desde sectores conservadores de otros lugares de España, que afirmaban que esas ayudas servían para comprar votos. Sin embargo, para muchas personas significaron simplemente la posibilidad de vivir con algo de estabilidad.

La sociedad ha cambiado mucho en las últimas décadas y las necesidades también han cambiado de forma. Hoy los problemas son otros: la falta de vivienda en zonas tensionadas por el turismo, la precariedad laboral, la dificultad de emancipación de los jóvenes o la dependencia excesiva de Andalucía del sector turístico.

En este nuevo contexto, el sistema —o como queramos llamarlo— ha conseguido convencer a mucha gente trabajadora de que, por poder permitirse unas vacaciones de “todo incluido”, pertenece a una clase social distinta, superior. Mucha gente ha perdido conciencia de clase y otra nunca llegó a desarrollarla.

Los discursos de la izquierda suelen llegar principalmente a quienes continúan sufriendo las injusticias del sistema y mantienen una actitud crítica hacia quienes provocan esos problemas. También llegan a personas que, gracias a su formación y experiencia vital, siguen creyendo que otro modelo social más justo es posible.

En estas elecciones se presentan distintas opciones políticas. Algunas, disfrazadas de modernidad, representan en realidad la negativa de los más poderosos a asumir los costes colectivos de la educación, la sanidad o la dependencia. También existen discursos más extremos que, desde el egoísmo y el miedo, señalan a los más débiles, especialmente a las personas migrantes, como responsables de los problemas sociales.

Mientras tanto, las posiciones tradicionalmente progresistas centran gran parte de sus mensajes en defender derechos ya conquistados, algo que resulta paradójico, porque nunca debería ser necesario luchar por conservar aquello que tanto costó conseguir. Sin embargo, el riesgo de retroceso existe, y por eso la defensa de la sanidad y la educación públicas ha sido uno de los ejes centrales de esta campaña.

A pesar de que el deterioro de los servicios públicos es cada vez más evidente, muchas personas siguen creyendo que su situación personal no se verá afectada si estos desaparecen. Cabría preguntarles si son conscientes de que incluso personas con fama y dinero, en países sin sanidad pública universal, han tenido que endeudarse para afrontar enfermedades graves.

¿No entienden las clases populares que la salud y la educación son las principales herramientas para construir una vida digna? ¿No desean que sus hijos e hijas tengan oportunidades que vayan más allá de la precariedad y los trabajos temporales en el turismo?

No hay que perder la esperanza. La historia ha atravesado momentos mucho más oscuros, donde los populismos fascistas crecieron alimentados por el odio y la violencia. Sin embargo, esos modelos terminaron siendo superados y la clase trabajadora consiguió mejorar sus condiciones de vida.

Hoy tenemos la oportunidad de decidir en las urnas qué Andalucía queremos: una sociedad que favorezca únicamente a los más ricos o una que garantice derechos básicos y oportunidades dignas para el conjunto de la ciudadanía. Y en eso no debería haber dudas sobre lo que representan unos partidos y otros. Aún estamos a tiempo de votar posiciones progresistas y, con ello, votar futuro.

A mi Prim.