
La importancia del turismo en la vida de Tarifa es innegable. Desde hace algunas décadas ha transformado profundamente el municipio y su repercusión es tal que, desde Tarifa al día, hemos dedicado en los últimos años varias columnas de opinión a hablar de ello.
En esta ocasión, “Desde la Atalaya” observamos cómo ha acabado agosto y, con él, cómo la mayoría de la gente ha terminado sus vacaciones de verano. Tarifa, que cambia su fisonomía e incluso su forma de vida en torno al turismo, recuperará poco a poco algo de calma y sus calles se acercarán a una normalidad perdida durante más de sesenta días. Ante esta realidad, habrá quienes rechacen los perjuicios que ocasiona el turismo y quienes, por el contrario, destaquen los parabienes de este “gran invento”, como ya lo hemos llamado en otras ocasiones, utilizando las palabras de Paco Martínez Soria. Unos parabienes que, en muchos casos, quedan reducidos a que durante esos meses hay trabajo, aunque sea precario, que permite ganarse la vida e incluso disfrutar de un “todo incluido” en temporada baja. Y no les falta razón.
Pero las cosas no son buenas o malas por sí mismas: todo depende de qué se haga y de cómo se haga. Un bisturí es una magnífica herramienta cuando se utiliza para operar, pero, empleado sin sentido común, puede convertirse en todo lo contrario.
Parece que en Tarifa falta sentido común en quienes tienen la responsabilidad de organizar la vida del municipio o, quizá, sobran determinados intereses particulares. El turismo ha dinamizado la economía local, pero, tal y como se está desarrollando, genera inconvenientes y problemas que el pueblo, es decir, la gente de a pie, termina pagando a un alto precio.
Pongamos un ejemplo sencillo. Si en una casa viven cuatro personas y durante el verano llegan veinte familiares, habrá que limpiar más, especialmente baños, cocina y comedor; habrá que lavar más sábanas, toallas y ropa y, si quienes viven allí no quieren acabar agotados, quienes llegan tendrán que colaborar, bien trabajando, bien pagando para que alguien haga ese trabajo.
Pues eso es, en buena medida, lo que ocurre en Tarifa. El turismo está siendo explotado como en determinadas economías dependientes: la materia prima —el paisaje, las playas, el entorno, la marca…— la aporta el municipio, mientras buena parte de los beneficios recaen en inversores externos que han adquirido numerosos inmuebles, contribuyendo al aumento del precio de la vivienda, o que han puesto en marcha negocios, especialmente de hostelería y del eufemísticamente denominado «ocio nocturno».
Cualquier análisis sobre turismo y turistificación permite identificar problemas conocidos: fuga de capitales, porque una parte importante de los beneficios no permanece en el municipio; empleo precario, con trabajos temporales y salarios bajos; degradación urbana, por la saturación de calles y espacios públicos, el ruido, la suciedad y los problemas de movilidad; pérdida de identidad, al desaparecer el comercio tradicional, sustituido por negocios dirigidos al visitante; y monocultivo económico, al depender excesivamente de una actividad estacional. Todos ellos son identificables en Tarifa, a lo que habría que añadir el incremento del precio de la vivienda, que obliga a una parte de la ciudadanía a buscar alojamiento en localidades cercanas.
Para transformar este modelo de desarrollismo turístico, la economía y la sociología urbana plantean alternativas basadas en el control local, la sostenibilidad ambiental y una distribución más justa de los beneficios. En esta última cuestión aparece un concepto que, incluso gobiernos municipales del PP como el de Sevilla, han reclamado como una necesidad: la ecotasa o tasa turística.
Quien haya viajado sabe que esta tasa forma parte de los gastos en numerosos destinos y que permite obtener recursos adicionales para destinarlos, entre otras cosas, a mejorar los servicios públicos. Porque, como decíamos al principio, si quienes vienen a disfrutar de nuestro pueblo no van a colaborar limpiando, al menos que lo hagan pagando. Y que ese dinero permita contratar a personas para que, entre otras cosas, Tarifa esté más limpia y deje de ser motivo de queja de la ciudadanía, e incluso de una asociación empresarial, como ha ocurrido este verano.
El objetivo no es eliminar el turismo, sino subordinarlo al bienestar del vecindario. El turismo no tiene por qué ser el problema. El problema es cómo se gestiona, quién se beneficia de él y quién termina pagando sus costes.
Tarifa merece un turismo para todos: uno que genere riqueza, pero que, también, contribuya a sostener los servicios públicos, proteja el territorio y permita que el pueblo siga siendo, antes que un destino turístico, un lugar donde vivir.