
Estas dos palabras se han puesto de moda últimamente a raíz de los pactos que el Partido Popular y Vox están llevando a cabo en diversas comunidades autónomas, como antesala de lo que podrían hacer en España si alcanzaran el poder.
La cuestión no puede ser más básica: una vez más se apela al sentimiento de pertenencia a un grupo para hacer creer que la simple pertenencia a ese grupo garantiza derechos. Nada más lejos de la realidad. La historia de España está llena de episodios en los que quienes lucharon por la conquista de derechos —como la sanidad, la educación o una jornada laboral digna— fueron excluidos del grupo, precisamente porque lo que reclamaban iba en contra de los poderosos y de sus privilegios.
Por mucho que lo quieran vender y por mucho que llenen las mentes vacías y los corazones sin escrúpulos de algunas personas de a pie, la realidad es otra. Y es que hay quien suele descargar su ira y sus frustraciones en los otros —concepto utilizado por el psiquiatra Luis Rojas Marcos—.
El neoliberalismo es una visión del mundo en la que los más poderosos pueden hacer lo que consideran oportuno para seguir aumentando su riqueza, aunque con ello perjudiquen a la inmensa mayoría. En esa visión, el egocentrismo y el egoísmo son sus principales señas de identidad. Lo común, la solidaridad, etc., quedan relegados, cuando no ridiculizados, al presentarlos como conductas woke.
Pero los tiempos, afortunadamente, han cambiado y hoy, cada vez más, la defensa de los derechos humanos para todas las personas es una verdad que se impone en ciudades y pueblos, en las sociedades modernas.
Así pues, el discurso de la “prioridad nacional”, transmite la sensación de que vamos a estar mejor atendidos, aunque lo que oculta en el fondo es la discriminación de muchas personas. Y ello ha provocado respuestas desde las más diversas instancias, instituciones y asociaciones españolas.
Ha resultado especialmente explícita la respuesta de la Iglesia católica, que ha salido a los medios de comunicación criticando ese eslogan. Y ello ha generado una disonancia en muchas personas que, siendo de esta religión, creen que el eslogan es cierto. Así, escucho y leo a personas que, sin duda, no comulgan con los principios de la discriminación y la exclusión social y que asumen, sin ningún análisis, algunos de los planteamientos que esconde dicho eslogan.
Escuchar decir que regularizar a los migrantes que trabajan y contribuyen en España —y que, sin duda, son una parte fundamental del desarrollo económico de nuestro país en estos momentos— va a suponer un deterioro de la sanidad resulta, cuando menos, sorprendente. Primero, porque estas personas ignoran que esos ciudadanos, estén o no regularizados, cuando enferman o tienen un accidente son atendidos igualmente por los servicios sanitarios. Pero, sobre todo, porque no ponen en la balanza todo lo que los migrantes están aportando económicamente para que los servicios públicos sigan funcionando.
Asuntos como la salud no son compartimentos estancos. Las personas vivimos en sociedad y, si no garantizamos la salud para el conjunto de la ciudadanía, las enfermedades proliferarían, afectando cada vez a más personas. ¿Plantean estas mismas personas que cuestionan el derecho de los migrantes a recibir atención sanitaria que, en caso de una pandemia, se les deje abandonados y no se les atienda?
Quienes han tragado el anzuelo de la “prioridad nacional” deberían tener en cuenta, como ha señalado el portavoz de la Iglesia católica, que ahora en política “se mueve mucho a golpe de eslogan y reclamos publicitarios”, cuyo fin es buscar “la polarización”. Frente a ello, ha expuesto que “la prioridad de los obispos es defender la dignidad y el bien común”. En la misma noticia se puede leer: “El secretario ha citado el Evangelio para tirar de las orejas a las agrupaciones políticas antiinmigración que se definen como católicas: «El prójimo no es el de mi partido solamente, ni el de mi país, ni el de mi lengua; ni siquiera es el de mi religión»”. Tomen nota.