
Conozco a una familia arraigada. Los progenitores llegaron en patera a estas costas. Tras recorrer miles de kilómetros, lograron salvar sus vidas y ofrecer un futuro a sus hijos e hijas.
Trabajadores incansables en el comercio y en labores de mantenimiento, madre y padre han cumplido con sus obligaciones hacia sus hijos de manera ejemplar. Incluso me atrevería a decir que mucho mejor que algunos que presumen de tener ocho apellidos.
En el colegio y, más tarde, en el instituto, sus hijos e hija se ganaron el respeto y el aprecio de sus compañeros, aunque no estuvieron exentos de sufrir alguna situación desagradable.
Los conocí bien a ellos y a otros alumnos y alumnas de ascendencia subsahariana. Su comportamiento fue siempre ejemplar, con las travesuras y actitudes propias de las edades que iban atravesando.
Se arraigaron, se quedaron. Y uno de ellos me comenta ahora sus deseos de abrir horizontes, de salir de su zona de confort. Le atrae descubrir y conocer lugares nuevos. No le asustan las distancias: sus padres recorrieron miles de kilómetros en condiciones extremadamente adversas y consiguieron llegar.
Pero me pregunto: ¿esta historia real de personas trabajadoras y honestas habría podido llevarse a cabo si hubieran prevalecido las ideas racistas que hoy crecen como las malas hierbas?
¿Cómo pueden arraigarse las buenas personas si no se les da la oportunidad de hacerlo y, desde el primer momento, son deportadas?
Porque detrás de cada migrante hay una historia. Y algunas de esas historias terminan convirtiéndose en ejemplos de esfuerzo, integración y convivencia para toda una comunidad. Hay cosas que se deben descartar como el racismo.