
Óscar Puente ha dimitido como ministro. Según él mismo ha dicho, lo tenía pensado desde el mismo momento en que se produjo el segundo accidente, porque, a su parecer, una democracia consolidada como la española no puede tener un ministro de Transportes con «dos accidentes de esa gravedad en menos de un año». Tras informar en la Comisión Permanente del Congreso de los Diputados sobre el trágico accidente y las medidas más urgentes que se van a tomar para garantizar la seguridad en la alta velocidad.
El argumento parece bastante sólido: se asume la responsabilidad política de algo que puede ser un problema estructural, pero también coyuntural.
Obviamente, los partidos de izquierda han reconocido el gesto de quien ya es el exministro Puente, reconociendo su dignidad. Sin embargo, como era de esperar, la derecha y la extrema derecha han descubierto cuál era su estrategia tras la dimisión del ministro, y esa no es otra que conseguir la cabeza de Pedro Sánchez. Así lo ha pedido hasta Bonilla, nuestro presidente conservador y reaccionario, que no dimitió por el escándalo de los cribados de cáncer de mama.
Sin embargo, este gesto de Puente va mucho más allá de lo que el PP y la extrema derecha pueden suponer. Porque ahora el PSOE puede recordar que, por ejemplo, las 7.291 vidas de personas mayores que sufrieron los protocolos de la muerte no tuvieron ninguna dimisión, ni del consejero de Sanidad por aquel entonces ni de la presidenta de Madrid. Y también, cómo no, que hoy, a primeros de noviembre de 2026, las asociaciones de familiares denunciaron que las causas abiertas en los juzgados de instrucción están prescribiendo y corren el peligro de prescribir.
Pero esto no es nuevo. Mazón sigue en el Parlamento valenciano después de haber estado comiendo el día de la DANA que se llevó la vida de 233 personas. La falta de respuesta judicial también preocupa, pero, sobre todo, la falta de moral y de ética en los cargos públicos del Partido Popular y del aparato que los mantiene.
A estas trágicas cifras habría que añadir los 62 militares españoles fallecidos en el accidente aéreo de 2003; el accidente del metro de Valencia, en 2006, que se cobró la vida de 43 personas y dejó 47 heridos, y por el que no dimitieron ni Camps ni Barberá; y el accidente ferroviario de Angrois, con 80 víctimas mortales y más de un centenar de heridos, por el que tampoco dimitieron ni la ministra de Fomento, Ana Pastor, ni Feijóo.
La cuestión está clara: el Partido Popular y, aún más, la extrema derecha son indolentes ante los accidentes que suceden bajo su responsabilidad política y, sin embargo, exigen muchas responsabilidades cuando los gobiernos son de otras siglas políticas. Una doble moral. ¿Quién puede creer en ellos?
Este gesto de dignidad de Óscar Puente no deja de ser, al mismo tiempo, un elemento que resitúa el debate electoral y que resta argumentos viscerales a la derecha y la extrema derecha, que nunca han dimitido ni dimitirán.
Hay otro elemento que también sacude la escena política tras el triunfo de Lula da Silva en las elecciones brasileñas. Hoy los estadounidenses han dicho basta a Donald Trump. Los demócratas han arrasado en estados que llevaban cerca de un siglo sin ganar y han ganado con perfiles políticos muy distintos (más o menos progresistas, de una u otra religión, etc.), y ello puede mostrar el hartazgo ante un modelo político trumpista, basado en un populismo desaforado, la mentira y los insultos.
Un modelo replicado a lo largo de todo el mundo y que en España tiene unos aprendices de brujos muy claros: la gente de Vox, de la extrema derecha, sus voceros y agitadores pseudoperiodistas que quieren llevar la convivencia de la democracia española al franquismo trasnochado de postulados reaccionarios, un modelo político populista en el que la beneficencia y la caridad actuaban sobre los más débiles, mientras las grandes fortunas se enriquecían cada vez más, cobrando, como no podía ser de otra manera, los intereses de su apoyo al dictador durante la Guerra Civil. Un modelo despótico porque nadie podía votar y sin ilustración porque las mejores mentes de España se tuvieron que marchar al exilio.
Las urnas también pueden dar una sorpresa en España y, en contra de las encuestas encargadas por los medios de comunicación reaccionarios, hay posibilidades de que la población entienda que hay muchos fallos en nuestro actual sistema democrático, pero que todo sería mucho peor si una coalición PP y Vox llegara a gobernar, como ya se está demostrando en determinados países y en algunas comunidades autónomas de España, donde se desvertebra la sociedad quitando subvenciones a agentes sociales o se censuran obras de teatro. Las urnas hablarán, pero, sin duda, ahora las urnas hablarán mirando al futuro.
