Desde la atalaya: Eclipsados

El acontecimiento del verano no ha sido el eclipse, por mucho que algunos quieran ver en este fenómeno astronómico una mano negra que desenfoca la visión del día a día.

Tampoco lo ha sido el famoso ático de Ayuso, quien, en estos menesteres, parece jugar al Monopoly: ático aquí, ático allí. Ni mucho menos las vacaciones del presidente del Gobierno en Tenerife, convertidas por algunos grupos políticos en otra arma arrojadiza.

Los verdaderamente importantes han sido otros dos acontecimientos que demuestran que nuestro planeta necesita soluciones globales, y no únicamente locales, para problemas que ya afectan a toda la humanidad.

Se necesita un foro internacional capaz de reunir a personas sensatas y con conocimiento suficiente para reequilibrar algunos aspectos esenciales para la vida en nuestro planeta.

Los desajustes climáticos, que algunos niegan (quizá eclipsados por su ceguera intelectual), son una evidencia. En España se están manifestando con especial virulencia en unos incendios que este verano están siendo especialmente graves.

Los llamados «borregacionistas» —quienes niegan lo evidente desde el punto de vista científico— no dejan títere con cabeza y achacan a la Agenda 2030 todos los males del planeta, cuando ésta plantea, precisamente, principios básicos para mantener un equilibrio entre el ser humano y el medio en el que vive.

Estos mismos personajes repiten sin cesar los mensajes basura que reciben a través de las redes sociales, sin molestarse en contrastarlos. Y así, cualquier bulo termina convirtiéndose en verdad para quienes sólo buscan confirmar sus propios prejuicios.

El segundo gran asunto que demuestra la necesidad de una visión global es el de las migraciones.

Lo sucedido en Ceuta es una muestra dramática de un problema que no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de la confrontación política. Cientos de personas arriesgan o pierden su vida, intentando alcanzar un lugar donde puedan vivir mejor.

Este hecho debería hacernos reflexionar. ¿Qué peor imagen para un país que aquella en la que sus propios ciudadanos se ven obligados a marcharse para buscar una vida mejor?

Los españoles sabemos bien de qué hablamos. Durante el franquismo, el abandono de las zonas rurales y la falta de oportunidades provocaron un enorme éxodo del campo a las ciudades durante las décadas de los cincuenta y sesenta. Millones de personas tuvieron que abandonar sus pueblos para buscar un futuro diferente.

Por eso, las migraciones no pueden abordarse únicamente desde la emoción ni desde la demagogia. Es un fenómeno extraordinariamente complejo que debe analizarse desde múltiples perspectivas, pero siempre teniendo como referencia los derechos humanos.

Lo ocurrido en Ceuta debería servir también para reflexionar sobre los desequilibrios existentes en nuestro planeta. Mientras enormes cantidades de riqueza se concentran en determinadas zonas, millones de personas carecen de alimentos, seguridad o, simplemente, de la posibilidad de vivir sin miedo a una guerra. Porque nuestra seguridad depende de la seguridad de todos.

Sin embargo, también en este asunto se ha intentado utilizar el drama humano para desgastar al Gobierno español. Algunos analistas han señalado que detrás de determinados movimientos migratorios pueden existir intereses políticos y estratégicos. Si es así, la respuesta no debería ser alimentar el enfrentamiento, sino buscar soluciones.

Lo preocupante es que, mientras unos intentan instrumentalizar el fenómeno migratorio, otros recurren directamente al odio. Hemos llegado a escuchar llamamientos a bombardear Rabat o consignas de dirigentes ultraderechistas que hablan de «cazar» o «pescar» migrantes, como si estuviéramos hablando de animales y no de seres humanos.

Y es aquí donde aparecen de nuevo los «borregacionistas», mezclados en ocasiones con los llamados “pijoflautas”, difundiendo por las redes sociales todo tipo de mentiras y acusaciones, en su inmensa mayoría dirigidas contra el presidente del Gobierno.

Los bulos llegan a extremos ridículos, como el que aseguraba que el presidente se había gastado miles de euros en ver el eclipse en un observatorio astronómico. Son mensajes diseñados para provocar indignación y que se convierten en virales simplemente porque se repiten una y otra vez.

También, los cánticos y consignas de mal gusto que algunos pretenden convertir en tendencia demuestran una cosa: la falta de argumentos reales contra las políticas de un Gobierno progresista.

Las organizaciones extremistas que recurren a planteamientos inquisitoriales, más propios de otras épocas, solamente consiguen sembrar odio y proyectar una imagen negra de nuestra sociedad. Mientras tanto, la vida continúa: las terrazas están llenas, los restaurantes funcionan y millones de personas disfrutan de sus vacaciones y de las playas.

Lo verdaderamente preocupante es que todo este ruido quede eclipsado por el papel de algunos medios de comunicación que, pese a presentarse como medios serios, contribuyen a difundir bulos y mentiras.

Y ahí está el verdadero problema: cuando la ciudadanía deja de distinguir entre información y propaganda, entre hechos y bulos, entre análisis y manipulación, la democracia se debilita.

Quizá ese sea el auténtico eclipse de este verano: no el que oscurece momentáneamente el cielo, sino el que pretende mantener nuestras mentes y nuestros corazones eclipsados.

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