Desde la atalaya: nubarrones y galimatías

Terminó la semana y, como en otras anteriores, desde la atalaya no dejo de otear nubarrones en el horizonte (como el almirante Boom desde su azotea). Es mucha la información que nos llega: a veces a borbotones y sin depurar y otras de manera más sofisticada, pero también, en muchos casos, poco aclaratoria.

Especialmente ocurre con todo lo relacionado con la política nacional, que desde hace años está envuelta en un halo de nubarrones provocado, en muchos casos de forma artificial, por los intereses de quienes, desde sus círculos de poder, no desean que aumente el salario mínimo interprofesional, que se dé cobertura a los sectores sociales más desfavorecidos, que se incrementen las becas de estudio, etcétera.

Esta beligerancia mostrada por determinados sectores políticos, sociales y económicos contra el Gobierno progresista desde el primer momento ha hecho que, en muchas ocasiones, las evidencias y las pruebas sobre algunos actos presuntamente improcedentes cometidos por personas ligadas a dicho Gobierno, y especialmente al Partido Socialista, no se hayan visto en su verdadera dimensión.

Muchas veces se puede intentar una estrategia de enroque, como en el ajedrez, pero eso no sirve para nada. Creo que, si han surgido problemas relacionados con la corrupción, propia del sistema y de la avaricia y ambición de algunas personas, lo más importante sería poner en valor a todas aquellas que, desde cargos de responsabilidad, han mantenido un comportamiento no sólo legal, sino también ético en el desempeño de sus funciones públicas. Y son mayoría.

Por ello, desde hace tiempo considero que los Ábalos, Koldo y otros especímenes son el mejor regalo para la derecha sociológica y política de este país. Este tipo de personas, que sucumben a los cantos de sirena de un sistema capitalista en el que la ganancia se convierte con demasiada frecuencia en el objetivo último, terminan imputadas penalmente por ello (mientras otras salen de rositas).

Llama la atención que, en el caso de las mascarillas, los tres principales acusados —Ábalos, Koldo y Aldama— tengan que afrontar ante Hacienda cantidades muy similares; sin embargo, las peticiones de pena de prisión presentan diferencias abismales. Bajo la teoría de la colaboración con la justicia, un individuo puede terminar con la misma sensación que se tenía de niño al salir del confesionario: libre de pecado. Nada más lejos de la realidad, porque, como suele decir el refrán, «el que tiene un vicio, o se mea en la puerta o se mea en el quicio». Y es precisamente esto lo que más llama la atención: que el comportamiento presuntamente ilegal de una persona pueda quedar parcialmente solapado por una colaboración con la justicia que, en otros casos, no se produjo o ni siquiera se buscó.

Y si en ese horizonte de nubarrones —algunos incluso fantasmagóricos— hacía falta algo más, nos encontramos con el galimatías en el que se debate el Partido Popular respecto a su verdadera identidad ideológica. Un Partido Popular que invoca a luchadores por la democracia, personas que pagaron un alto precio por sus ideales, para atacar a sus propios descendientes políticos en el Congreso, pero que, al mismo tiempo, está dispuesto a pactar para alcanzar el poder con quienes consideran que la Ley de Memoria Democrática debe ser borrada del mapa o sostienen que fue el comunismo quien consiguió que la homosexualidad dejara de figurar en el catálogo de trastornos.

Eso es lo que ha afirmado un parlamentario en la Asamblea de Murcia, y se ha quedado tan pancho. A ello, naturalmente, ha respondido un diputado del PP en el Congreso proclamando a los cuatro vientos que era «del PP y maricón». Cabe imaginar que, con esa última palabra, pretendía reivindicar a tantas personas que, por culpa de la dictadura, tuvieron que marcharse de España debido a su orientación sexual y, sobre todo, por defender las libertades. Quizá convendría recordar aquella famosa frase que se atribuye a Miguel de Molina: «Mariquita no; maricón, que suena a bóveda».