Por Mariluz Terán Santander, enviada especial a Roma.
Nuestra colaboradora, Mariluz Terán narra el procesionar del paso del Cachorro y el trono de La Esperanza de Málaga en la Gran Procesión del Jubileo por las calles de Roma.

El Cachorro procesionando frente al Palatino en las cercanía del Circo Massimo/Mariluz Terán
No soy capillita, pero hace algunos años sí fue cofrade, pertenecí a la Junta directiva de una hermandad, salí de penitente y fui costalera. No soy capillita, pero ver bajar por el Circo Massimo al Cachorro y a la Esperanza me ha hecho emocionarme. No soy capillita, pero llevo días contándoles a quienes me cruzo cada día que el sábado procesionaban el Cachorro de Sevilla y la Esperanza de Málaga por las calles de Roma. No soy capillita, pero por un momento he pensado que era yo quien llevaba el estandarte de la Semana Santa de mi tierra. No soy capillita, pero me fui a hacer cola al Vaticano para verlos recogidos en la basílica de San Pedro. No soy capillita, pero hoy la tarde la eché al son de las bandas de La Puebla del Río, la Sociedad Filarmónica Nuestra Señora de la Oliva de Salteras y la banda de la Esperanza. No soy capillita, pero hoy me sentí afortunada de vivir esta procesión magna. No, no soy capillita, pero el móvil va a reventar de fotos y vídeos. No, no soy capillita, o quizás hoy sí lo fuera.

El imponente trono de la Virgen de La Esperanza de Málaga participando de la Gran Procesión del Jubileo/Mariluz Terán
Hoy no había puente de Triana ni puente que cruzara el río Guadalmedina, el Tíber quedó fuera de su itinerario. No había Campana ni calle Larios, no había nazarenos ni mantillas, pero verlos bajar por el Circo Massimo ruborizaba. Han sido más de siete horas procesionando, recorriendo apenas cuatro kilómetros, para enseñar al mundo cómo se vive la Semana Santa, qué significa nuestra Semana Santa, por qué esa saeta cantada al Cachorro a los pies del Palatino suena a gloria.

Llovió, discretamente, pero llovió. Y, como hoy Roma hablaba español, se escuchaba en muchos rincones aquello de que “el Cachorro siempre trae agua”, que la trajo, pero nada enturbió el momento, porque la estampa de ambos caminando de vuelta hacia el Coliseo, dejando el arco de Constantino al lado, era jubilosa, delirante. La Virgen protegió su manto, el Cristo aceleró el paso y ambos siguieron haciendo procesión como cada Viernes y Jueves Santo en sus ciudades. El crucificado de Ruiz Gijón y la Virgen barroca, atribuida a Pedro de Mena, coronaron una Procesión Magna donde participaban otras cofradías, como la del Nazareno de León, las italianas del Vaticano, de Génova y de Enna, la francesa de Perpiñán o la portuguesa de Mafra.
Hoy volvimos a tener la suerte de vivir otro hito, otro guiño a la historia de los anales y de la vida. Y como, al fin y al cabo, la vida consiste en perdurar los recuerdos, en sentir la emoción y en compartir las miradas; aquí está hoy la mía, hecha incienso y latido, desde Roma.
