Tarifa. Memoria de sal y hormigón. Capítulo 1: La ciudad de las cerraduras rojas (Tarifa, 2036)

El viento de levante seguía soplando con la misma fuerza que diez años atrás, pero ahora sonaba distinto. Ya no silbaba entre los mástiles de madera del puerto ni levantaba la sal de las redes secándose al sol. Ahora, el viento chocaba contra las fachadas impecables y asépticas de la nueva línea de costa, produciendo un zumbido hueco y metálico.

Añito caminaba por la playa de los lances de Los Lances, donde una década atrás solo había dunas, vacas retintas y el discurrir tranquilo del río Jara. Hoy, la vista quedaba cortada por la geometría perfecta de Los Lances Bay Resort, un complejo de baja densidad pero extensión interminable. Las villas de dos plantas, pintadas en un blanco impoluto que cegaba bajo el sol, exhibían enormes ventanales de cristal ahumado. Detrás de ellos no se veían familias, sino el brillo lejano de pantallas de televisión encendidas en salones vacíos.

En la puerta de entrada de cada apartamento, un pequeño punto de luz roja parpadeaba en la oscuridad del marco. Eran los teclados de acceso digital. Ya no existían las llaves de forja, ni las cerraduras que se dejaban abiertas «por si entraba la vecina a pedir un poco de aceite». Tarifa se había convertido en la ciudad de las cerraduras rojas.

Añito se detuvo frente a la garita de seguridad que cortaba el paso hacia el antiguo camino del litoral.

—Buenos días, Añito —dijo un chaval joven desde el interior, vistiendo un uniforme azul marino con el logotipo de una contrata privada.

Añito lo miró detenidamente. Reconoció en sus facciones los rasgos de la familia de los Bogas, viejos marineros del puerto.

—¿Manolito? —preguntó Añito, achicando los ojos—. ¿Qué haces tú ahí metido, chiquillo? ¿Tu padre no andaba en la almadraba?

El muchacho bajó la mirada y se reajustó la gorra con cierto apuro.

—Eso ya no existe ahora os atunes están en piscinas de engorde, Añito. Ya lo sabes. La lonja vieja ahora es un centro de wellness y degustación de atún rojo de piscifactoría y de importación. Aquí al menos tengo turno de doce horas y sueldo fijo. Controlo las entradas de los residentes del co-living y de los huéspedes de las villas.

—¿Y tú dónde vives, Manolito? ¿En los pisos nuevos de Albacerrado?

El joven soltó una carcajada amarga.

—¿En Albacerrado? Ni soñándolo. Las 283 VPO que prometieron hace diez años terminaron adjudicadas en régimen de alquiler preferente para trabajadores desplazados de las multinacionales tecnológicas. Yo vivo en un garaje reconvertido en Facinas y comparto coche con tres chiquillos más para venir a trabajar. Aquí en el pueblo no queda ni un tarifeño de mi edad; no hay alquiler que baje de los dos quinientos euros al mes.

Añito no respondió. Se apoyó en la valla de madera tratada y miró hacia el horizonte. Más allá de las villas, donde el Ecohotel Las Piñas dominaba la falda de la montaña con sus dieciocho residencias de lujo y sus piscinas privadas de agua salada, la tierra se veía amarillenta, agrietada.

La gran crisis del agua de 2031 había dejado cicatrices profundas. Para mantener los huertos ecológicos de diecisiete mil metros cuadrados y el consumo ininterrumpido de las mil quinientas plazas hoteleras del municipio, el Ayuntamiento había tenido que someter al casco antiguo a restricciones draconianas durante los veranos. Los vecinos tradicionales pagaban el agua a precio de oro, mientras los camiones cisterna subían día y noche por la carretera de la colina para que el césped de las villas no perdiera su verde de maqueta.

Añito echó a andar hacia el centro. Atravesó la zona de Albacerrado, hoy un laberinto de bloques de diseño escandinavo donde no se escuchaba el llanto de un niño ni el bullicio de una cocina a mediodía. Todo en aquel barrio respiraba un silencio antiséptico.

Al bajar por la calle, el corazón se le vino abajo. El antiguo bar del grifo, el último reducto donde los viejos marineros se reunían a hablar de la marea y a pedir el vino de Chiclana, mostraba un rótulo con letras de neón en inglés: The Levant Matcha & Work. En el mostrador donde antes descansaban las fuentes de ensaladilla, de albóndigas, de chocos en salsa y las papas aliñás con atún, ahora había tres ordenadores portátiles abiertos y un par de jóvenes con auriculares con cancelación de ruido, tecleando en silencio.

Nadie se saludaba. El grito de «¡EO!», aquella contraseña tribal que cruzaba las calles y que bastaba para saber que no estabas solo en el mundo, se había extinguido por completo. Si alguien levantaba la voz en la calle, los clientes de las terrazas miraban con molestia, como si se hubiera roto la etiqueta de un museo.

Añito se sentó en lo que fue un banco de la Alameda, el mismo lugar donde una década atrás contemplaba el futuro con una mezcla de aviso y esperanza en su parlamento tarifeño. Frente a él, el paseo marítimo restaurado lucía farolas solares de última generación y bancos de teca importada, pero el muelle estaba desierto de barcos de madera. Los barcos voraceros y atuneros habían sido desguazados o vendidos a otros puertos; en su lugar, alineados como soldados de fibra de vidrio, descansaban yates de gran eslora y motos de agua.

Una mujer pasó a su lado corriendo con ropa deportiva de marca, seguida por un perro de raza pura. Ni siquiera cruzó la mirada con él. Para los nuevos pobladores globales, Añito era solo una figura decorativa, un anciano pintoresco que formaba parte del paisaje de fondo, como las piedras de la muralla.

Sin embargo, cuando el viento de levante sopló con más fuerza, levantando una polvareda que hizo pestañear a los turistas de las terrazas, Añito sonrió levemente. Tocó la piedra fría del banco a modo de escaño de su parlamento de la Alameda y sintió la vibración del suelo.

—Habéis construido un paraíso de cristal —susurró para sí, mirando hacia la sierra recortada contra el cielo azul—. Habéis cambiado el nombre a las cosas, habéis apagado las fábricas y habéis comprado los portales con cerraduras de colores. Pero el agua que falta en las tuberías es la misma que reclama esta tierra. Y el levante no sabe de contratos ni de licencias.

Añito se levantó, se abrochó el último botón de la chaqueta y echó a andar hacia la playa chica. Sabía que esta noche, en una pequeña caseta oculta tras la mancha de la tinta en la isla de las Palomas, los hijos de los viejos marineros y las hijas de las antiguas limpiadoras se iban a reunir en secreto. Sin aplicaciones, sin códigos digitales y sin pantallas. Solo para hablar en el viejo argot tarifeño y con muy güenarate, para recordar quiénes eran y para planear cómo recuperar la tierra que les habían arrollado.

Las cadenas eran más invisibles y modernas que nunca, sí. Pero Añito sabía que, por muy blanco que pintaran el hormigón, Tarifa siempre terminaba devolviendo el golpe.

¿Desea que le notifiquemos cuando haya nuevas respuestas en este artículo?
Notificar cuando haya:
guest



0 Comentarios
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios