
En esta Tarifa de “borrascas dañinas”, donde los “Nuevos Aires” mutaron en un “100 por 100” de intereses ajenos, la política ya no se hace en el ágora, sino en el desguace. El abandono del Estadio López Púa no es un descuido administrativo; es la pieza necesaria en una confabulación mayor. Para que el Frente Litoral avance como una apisonadora, primero hay que dejar morir lo que late, lo que une, lo que es de todos.
Hundir al equipo representativo de Tarifa, dejar que la herrumbre devore las gradas y que el silencio gane al grito del gol, es el método de este nuevo Leviatán. Como bien decía Joaquín Sabina: “No soy partidario de las misas de réquiem, ni de los altares, ni de los entierros de lujo…”. Y sin embargo, nos están obligando a asistir al funeral de nuestro patrimonio deportivo mientras ellos “barajan las cartas” de la especulación desde el palco de la desidia.
La comparación es inevitable. Mientras en Conil, Antonio Jesús Roldán Muñoz elegía la dimisión frente al sometimiento, aquí se elige el sometimiento frente a la dignidad del pueblo. Se prefiere gobernar sobre las ruinas de un estadio histórico que enfrentarse a los amos del ladrillo. El López Púa es hoy el Epitafio del Real de la Almadraba de nuestra generación; un espacio sentenciado por la dejadez política para justificar, quizás mañana, una nueva “oportunidad urbanística”.
Es la actualización de “El privilegio de los homicianos” que rescató Wenceslao Segura. Si antes Tarifa era refugio de los que huían de la ley, hoy el Ayuntamiento es el refugio de quienes asesinan la identidad local por omisión. Matar al club de fútbol es matar un órgano vital de la ciudad. Es parte de esa “Somalia Digital” donde se crea el caos y la precariedad para que la masa, agotada, acepte cualquier Leviatán que prometa orden a cambio de entregarlo todo.
Aquellos que llegaron con promesas de regeneración están permitiendo que el equipo de la ciudad se hunda en el fango de unas instalaciones indignas. Es la hoja de ruta de la desconstrucción institucional: si el ciudadano pierde sus referentes —su estadio, su equipo, su frente litoral—, pierde su capacidad de resistencia.
Pero que no se equivoquen los que hoy brindan por el hundimiento. El pueblo de Tarifa sabe distinguir entre un gestor y un “homiciano” de su propia historia. No necesitamos misas de réquiem por el López Púa; necesitamos líderes que, si no son capaces de defender el césped que pisan nuestros hijos, tengan la decencia de marcharse antes de que la última borrasca acabe con todo lo que queda en pie.