
Imagen aérea de la Tarifa de 1.970
El levante ya no traía el aviso del pescado; ahora traía el tableteo de las velas de plástico y un chumba-chumba que venía de los chiringuitos de madera que Alain había plantao en la arena como setas. Curro entró en la cocina de la casa de la Chanca dejando un rastro de arena fina y blanca. Llevaba el neopreno bajao hasta la cintura y una tabla de colores chillones bajo el brazo que parecía un juguete de rico al lao de las fotos de los barcos de madera que colgaban de la pared.
Añito, sentao a la mesa con un vaso de tinto y la mirada perdía en el hule gastao, ni se inmutó.
—Papá, tienes que firmar lo de Alain de una vez —soltó Curro, soltando la tabla con un golpe seco que retumbó en las vigas viejas—. Es una oportunidad de oro, cojones. Con ese dinero nos vamos a un piso nuevo en la parte alta, con su ascensor y sin que se nos cuele el levante por las rendijas de las ventanas.
Añito levantó la cabeza despacio. Sus ojos, antes brillantes de sal, ahora estaban nublaos por una rabia sorda, de esa que se masca y no se traga.
—¿Un piso nuevo? ¿Tú te crees que yo soy un mueble que se múa de sitio, Curro? —la voz le salió como un gruñido—. Esa chanca la levantamos nosotros con las manos en carne viva cuando tú no eras ni un mal pensamiento.
—¡Esa chanca está muerta, papá! —gritó Curro, señalando por la ventana hacia el puerto—. Ya no hay pescao, solo hay olor a humedad y turistas alemanes que se quejan si hueles a gasoil. Alain dice que este sitio es “estratégico”. Nos está ofreciendo una salida digna antes de que esto se caiga a pedazos y el Ayuntamiento nos eche por ruina.
Lucita entró desde el patio, secándose las manos en un delantal que ya no olía a melva, sino a lejía fuerte y a suavizante de los apartamentos de lujo que limpiaba por horas.
—Digna dice el niño… —murmuró Lucita con una amargura que le calaba los huesos—. Digna es la vida que nos ganamos con el sudor, Curro. Limpiar los cristales de las casas que ese francés levantó sobre nuestras dunas no tiene nada de digno. Alain nos está comprando el alma con billetes de colores, y tú le estás sujetando la cartera.
Curro suspiró, frustrao, mirando la fila de furgonetas matriculadas en Munich que aparcaban donde antes Añito remendaba las redes del trasmallo.
—El mundo ha cambiao, mamá. Ahora la gente viene por el viento y no por el atún. Si no nos subimos al carro, nos va a pasar por encima. Alain no es el enemigo, es el que trae el progreso y el parné al pueblo.
Añito dio un puñetazo en la mesa que hizo bailar el vino y saltar una miguita de pan.
—¡Progreso es que un hombre pueda vivir de su mar sin pedir permiso a un gachó con náutico! —bramó el viejo—. Lo que trae ese francés es un decorado de cartón piedra. Quiere nuestra casa para ponerle cojines de lino y cobrarle un riñón a un tonto por dormir donde nosotros lloramos a los muertos del Estrecho. ¡Dile a tu Alain que mi casa no tiene precio porque mi vida no está en venta!
Curro negó con la cabeza y salió de la cocina hecho una furia, dejando el rastro de agua salada del neopreno por tol pasillo. Lucita se acercó a Añito y le puso una mano en el hombro, una mano que ya no tenía rastro de limón, solo la piel gastada de quien sabe que la marea está subiendo y ya no quedan puertos donde amarrarse.
—El viento se lo está llevando todo, Añito —susurró ella mirando el plano de la nueva “Marina” que Alain le había dejao en el buzón—. Hasta a nuestro propio hijo le han cambiao el corazón por una tabla de corcho.
Añito bebió un trago largo, amargo como la hiel. Fuera, el levante seguía soplando, pero ya no era el suyo. Era el viento de Alain.