La verdadera edad de la Cueva de Atlanterra sitúa a Tarifa en el mapa del arte prehistórico europeo más antiguo

Imágenes de la cueva y del interior de Mario Ossorio

La Cueva de Atlanterra, UNED, ha pasado a ocupar un lugar destacado en el panorama del arte prehistórico europeo. Un estudio liderado desde la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y publicado recientemente en la revista científica Rock Art Research demuestra que este pequeño abrigo rocoso conserva una de las secuencias gráficas más antiguas y completas documentadas en el sur de la península ibérica, con manifestaciones que se extienden desde los momentos finales del Gravetiense o los inicios del Solutrense hasta un periodo postpaleolítico plenamente desarrollado.

La investigación se ha desarrollado en el marco de la tesis doctoral del arqueólogo Hugo de Lara López y supone una revisión profunda del conocimiento que se tenía hasta ahora sobre este enclave gaditano. Según explica el propio investigador, el trabajo ha permitido analizar tipologías, estilos, técnicas y motivos del repertorio gráfico, así como establecer paralelos con otros yacimientos, tanto próximos como alejados geográficamente.

El estudio ha documentado un total de 896 motivos repartidos en 16 paneles, una cifra excepcional si se tiene en cuenta el reducido tamaño del abrigo. Este resultado ha sido posible gracias a un minucioso registro digital y al uso de herramientas avanzadas que han permitido recuperar trazos casi imperceptibles debido a la erosión. La mayor parte de las representaciones corresponde a signos —puntiformes, barras, líneas o meandros— que aparecen organizados en complejas agrupaciones. Junto a ellos, se han identificado figuras reconocibles como antropomorfos, zoomorfos y un posible motivo vegetal, lo que dota al conjunto de una notable riqueza técnica y simbólica.

Especial relevancia adquieren los conjuntos de puntos, cuya variabilidad en tamaño, densidad y trazo sugiere que pudieron ser realizados por diferentes miembros de las comunidades que frecuentaron la cueva. Para la profesora Mònica Solís Delgado, esta diversidad “apunta a la participación de distintos actores dentro de los grupos humanos”, lo que refuerza la interpretación del arte prehistórico como una práctica colectiva compartida entre personas de distintas edades y roles sociales.

Tres grandes fases de ocupación

Uno de los principales avances del estudio es la identificación de tres grandes fases que explican la evolución del espacio a lo largo de milenios. La más antigua, correspondiente al Paleolítico, incluye algunas de las figuras más destacadas del conjunto, como una cabeza de caballo vinculada a producciones solutrenses tempranas o una cabeza de ciervo con paralelos en el Magdaleniense mediterráneo. A estas se suman signos y puntiformes muy deteriorados, cubiertos por gruesas capas de pátina, que confirman una ocupación extremadamente antigua del abrigo. Según el investigador Martí Mas Cornellà, estas características sitúan a Atlanterra entre los conjuntos más antiguos del sur peninsular.

Tras esta etapa paleolítica, se documenta un episodio más breve en el que aún perviven ciertos rasgos naturalistas, como un cuadrúpedo de trazo suave y un motivo interpretado como vegetal, que remiten a los inicios del Holoceno, un momento de transición hacia formas más esquemáticas.

La última fase corresponde al periodo postpaleolítico y marca un cambio conceptual claro. El abrigo se llena entonces de figuras humanas esquemáticas —formas en phi, antropomorfos en Y, ancoriformes y combinaciones más complejas— acompañadas de barras, zigzags y trazos meandriformes. Estas representaciones se integran en la tradición del arte esquemático ibérico y se superponen o se sitúan junto a figuras mucho más antiguas, evidenciando un diálogo simbólico entre distintas épocas.

Conexiones a ambos lados del Estrecho

El estudio pone también de relieve las afinidades estilísticas entre la Cueva de Atlanterra y otros enclaves rupestres destacados. Especialmente significativa es su relación con la Cueva del Tajo de las Figuras, con la que comparte motivos y signos que hasta ahora se consideraban exclusivos de aquel santuario. Además, se han identificado paralelos con yacimientos del norte de Marruecos, como el abrigo de Magara Sanar, lo que refuerza la idea del Estrecho de Gibraltar como un corredor simbólico y cultural de larga duración. También se han establecido vínculos con las fases tempranas del valle de Tamanart, ampliando el marco comparativo hacia el interior del continente africano.

Gracias a esta visión de conjunto, que combina métodos digitales avanzados, una revisión crítica de estudios previos y una comparación sistemática con yacimientos de ambas orillas del Estrecho, la UNED sitúa a la Cueva de Atlanterra como un archivo excepcional para comprender la evolución del arte prehistórico en el extremo sur de Europa. Un enclave que, lejos de ser anecdótico, se revela ahora como una pieza clave para entender los paisajes culturales del pasado y el papel histórico del Estrecho como espacio de intercambio simbólico.