El dedo acusador, el Orgullo del demonio y el espejo roto de la Iglesia

Viñeta diseñada por El Mazo y diseñada empleando IA para ilustrar este artículo de opinión

Hay una vieja enseñanza bíblica que algunos pastores de la iglesia católica parecen haber olvidado. Isaías 58:9 contiene una advertencia tan sencilla como incómoda: “Si quitas de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador y el hablar vanidad, entonces invocarás, y Jehová te responderá: “Aquí estoy”.

No es un pasaje menor. El profeta denuncia la hipocresía de quienes presumen de piedad mientras oprimen al prójimo, juzgan con superioridad moral y convierten la palabra en arma arrojadiza. En otras palabras, Dios no condena únicamente la injusticia; también condena al dedo acusador.

Resulta difícil encontrar un texto más oportuno para responder a las recientes declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, quien ha afirmado que “cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones” y, preguntado por las pruebas, despachó la cuestión con un escueto: “A las pruebas me remito”. ¿A qué pruebas exactamente?

¿Se refiere a sentencias firmes? ¿A investigaciones abiertas? ¿A titulares? ¿O simplemente a aquellos casos que encajan en el relato político que una parte de la jerarquía eclesiástica, la que añora volver a pasear bajo palío parece haber decidido abrazar desde hace años?

Porque si hablamos de pruebas, conviene recordar que también existen otras, mucho más incómodas para quien las pronuncia desde un púlpito. Ahí están los miles de testimonios sobre abusos sexuales cometidos durante décadas en el seno de la Iglesia católica. El diario El País ha documentado desde 2018 un total de 1.622 acusados y 3.110 víctimas, tras recopilar cerca de un millar de casos en seis informes que suman unas 1.800 páginas y más de 800 testimonios, entregados entre 2021 y 2026 a la Conferencia Episcopal Española, al Defensor del Pueblo y al Vaticano. Éstas… también son pruebas.

Pruebas de una tragedia que durante demasiado tiempo fue ocultada, minimizada o gestionada con un silencio institucional que difícilmente puede dar lecciones de ejemplaridad moral al conjunto de la sociedad.

Sin embargo, para determinados sectores de la jerarquía eclesiástica parece resultar más sencillo señalar los pecados ajenos que afrontar con la misma contundencia los propios. Es el viejo reflejo del dedo acusador: siempre apunta hacia fuera, nunca hacia dentro.

No deja de resultar significativo que esa misma autoridad religiosa haya aprovechado su intervención para cargar también contra el colectivo LGTBIQ+, calificando el Orgullo como expresión de una supuesta deriva antropológica y criticando la prohibición de las llamadas terapias de conversión, cuya ilegalización pretende proteger a las personas frente a prácticas ampliamente cuestionadas por organismos científicos y de derechos humanos.

Una vez más, el mensaje gira alrededor del miedo, del señalamiento y de la condena. Curiosamente, muy lejos del Evangelio que dice representar.

Porque Cristo jamás dedicó su ministerio a perseguir minorías. Nunca convirtió el poder político en su campo de batalla. Nunca utilizó la religión para dividir entre buenos y malos según afinidades ideológicas.

Es inevitable recordar la frase que José María Aznar popularizó hace años: “El que pueda hacer, que haga”. Algunos parecen haber interpretado ese mensaje como una llamada permanente a la confrontación política desde los púlpitos, confundiendo la misión pastoral con la militancia partidista.

Isaías advertía precisamente de eso: abandonar el yugo, dejar de señalar con el dedo y renunciar a la maledicencia. No era una recomendación secundaria. Era la condición para que la fe tuviera credibilidad.

Quizá ese sea hoy el verdadero problema. Que el dedo acusador ha sustituido al Evangelio. Que la superioridad moral ha desplazado a la misericordia. Que la indignación selectiva ha terminado convirtiéndose en una forma de hacer política bajo apariencia religiosa.

Y, mientras tanto, la institución que debería practicar primero el examen de conciencia parece mucho más cómoda examinando la conciencia de los demás.

Si Cristo regresara hoy a la Tierra, probablemente le faltaría látigo para expulsar a tantos mercaderes instalados en los templos del poder. Y casi con toda seguridad volvería a ser incomprendido por quienes dicen hablar en su nombre. Quién sabe si incluso sería nuevamente crucificado por su propia Iglesia.

Entonces volverían a resonar aquellas palabras del Evangelio de Lucas (23,34): “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Aunque, visto lo visto, cabe preguntarse si realmente no lo saben… o si, precisamente, saben demasiado bien lo que hacen.