
El agitador ultraderechista Vitor Quiles montando su circo en el campus de una universidad/MH.Javier Albiñaña
A finales de los años cincuenta y en la década de los sesenta, muchos estudiantes universitarios (en su inmensa mayoría de clase media) empezaron a cuestionar los pilares sobre los que se fundamentaba el régimen franquista.
A pesar de que muchos de los padres de estos alumnos habían sido quienes habían implantado este modelo de sociedad, ellos entendieron que otra sociedad más justa y democrática no solamente era posible, sino que además era necesario garantizar una sociedad moderna en España. Era más que ilusionante, era un reto, un sacrificio, pero estaban dispuestos a afrontarlo.
Las universidades siempre han sido lugares de reflexión y de cuestionamiento crítico de lo que nos rodea. Por ello, cuando hoy exaltados provocadores acuden a los campus universitarios (paradójicamente todos ellos públicos), no lo hacen arbitrariamente, sino que responde a una finalidad.
La primera es provocar una reacción en esos centros, porque saben que su ideología y el saber son polos opuestos, saben que son lugares que se enfrentan a la sinrazón y a la bravuconería simplona.
La segunda es señalar a esos espacios educativos como lugares de crispación social. Saben que la respuesta a sus mensajes de odio y de fascismo será contestada por parte de esa comunidad educativa (profesorado, alumnado, …). Dar una imagen de conflictividad que genere dudas sobre el funcionamiento de los mismos.
¿No es extraño que no haya ni una sola puesta en escena de estos agitadores en universidades privadas? Puede que elegir a los centros públicos sea porque no hay nada que moleste más a la derecha y a la extrema derecha que las universidades llenas de hijos de obreros, aunque algunos de estos hijos de obreros no lleguen ni a la suela del zapato a aquellos alumnos y alumnas de los años 50 y 60 provenientes de las clases medias que se enfrentaron a la dictadura.