
La política institucional a veces tiene unos costes demasiado elevados para quienes la ejercen. Tras una semana de exhibicionismo semanasantero por las distintas capitales andaluzas y como arranque de precampaña electoral, Moreno Bonilla ha lanzado en redes un mensaje. Él tiene claro qué va a hacer con la sanidad en Andalucía: implantar un modelo organizativo de futuro.
Un mensaje que puede sonar positivo pero que, sin embargo, puede esconder efectos muy negativos para la gente de a pie. Porque poco más ha dicho, salvo una vaga referencia a aumentar la digitalización. Si no lo evitamos, pronto dejaremos de acudir al centro de salud y, desde casa, delante de una máquina —ya sea un ordenador personal, una tablet o un teléfono móvil—, responderemos a una serie de preguntas para que una inteligencia artificial pueda realizar un diagnóstico y aplicar un tratamiento a nuestras dolencias.
Pero, claro, con estas declaraciones y conociendo el interés de las multinacionales y los fondos de inversión en privatizar la sanidad pública, cabe preguntarse si, cuando el presidente de la Junta afirma que «tiene claro lo que va a hacer con la sanidad» y que, «si la gente no lo quiere, que no lo vote», no estará sugiriendo —de forma eufemística— que, de ganar las elecciones y volver a gobernar —ya sea en solitario o con Vox—, su propuesta será rematar definitivamente el sistema público de salud.
Esto es algo que podría suceder con relativa facilidad y que, tras ver el documental Salud no responde y escuchar al médico y representante de Marea Blanca de Andalucía, Sebastián Martín Recio, no parece una posibilidad tan lejana. Como él mismo plantea: ¿sabe alguien en qué consiste realmente esa «reestructuración» del SAS, ese nuevo modelo organizativo del siglo XXI que propone Moreno Bonilla? Porque ese es el núcleo del problema: se anuncia un cambio profundo, pero no se explica en qué consiste. No hay un modelo claro, detallado y evaluable, sino declaraciones genéricas que apelan a la modernización sin concretar sus consecuencias reales.
Destrozar y desacreditar el sistema público de atención sanitaria, alargando los tiempos de espera incluso en atención primaria, ha sido una estrategia tejida desde arriba por gobiernos neoliberales del PP que, con dinero público, enriquecen a las compañías privadas. Ello ha provocado que la gente caiga en el anzuelo y busque soluciones particulares en lugar de colectivas. En la proyección de dicho documental, el representante de Marea Blanca de Andalucía llegó a afirmar que, en nuestra comunidad autónoma, con dos millones más de pólizas sanitarias privadas se asestaría el golpe de muerte a la sanidad pública.
Y en esa dirección se avanza: haciéndonos creer que lo público no funciona y que, para vivir más y mejor, lo adecuado es tener un seguro médico privado. Un seguro que, cuando las compañías controlen el mercado, comenzará a rechazar a pacientes por su riesgo de padecer determinadas enfermedades, al no resultarles rentables. En ese momento sólo quedarán dos opciones: acudir a una sanidad pública completamente desmantelada —más cercana a la beneficencia del siglo XIX— o endeudarse de por vida para acceder a una consulta privada en una situación extrema.
Por eso, cuando Moreno Bonilla dice: «si no quiere que lo haga, no me vote», la ciudadanía —especialmente quienes dependen de la sanidad pública— debería entender que no se trata de una frase retórica, sino de una advertencia política en toda regla. Porque aquí no está en juego una simple “modernización”. Lo que está en juego es el modelo de sociedad: una en la que la salud sea un derecho garantizado colectivamente o una en la que dependa de la capacidad de pago de cada cual. Y cuando ese debate se oculta tras palabras amables y conceptos imprecisos, conviene desconfiar. Porque lo que no se explica, normalmente, no es casual.
Pero ya sabemos que, para determinados sectores sociales, ese ejercicio de reflexión resulta complicado. Entre otras razones, porque la modernización del sistema sanitario no debería limitarse a la digitalización. Debería centrarse, sobre todo, en el fortalecimiento de programas de promoción de la salud pública. La salud es un bien que toda la sociedad desea y, sin duda, su cuidado también comienza por uno mismo.