Desde la atalaya: Ni en una de los Marx

La política suele actuar como una lupa sobre aquellos que la ejercen. Normalmente, se aumentan los comportamientos negativos. En estos casos, las exageraciones y generalizaciones (en vez de la reflexión y el análisis) son las herramientas principales para crear una opinión. Sin embargo, cuando cientos o miles de personas que se dedican en los pueblos y ciudades a la vida pública actúan de forma coherente, honrada y en pos del beneficio común, estas conductas suelen pasar desapercibidas. También es verdad que hay otros personajes políticos que no necesitan que se les pongan o que se aumenten sus conductas, porque éstas son tan estridentes y tan surrealistas que, a veces, sorprende que este tipo de personajes puedan tener responsabilidades.

Desde hace ya algún tiempo nos hemos acostumbrado a las conductas del populismo triunfalista de Donald Trump (un personaje a quien algunos intentan emular en pueblos y ciudades). Hace unos días escuchaba en la SER decir que Donald Trump parecía que entendía la política como una partida del juego de estrategia Risk (riesgo). Personalmente, creo que también podría considerarse que el gobierno trumpista entiende el mundo como una partida de Age of Empires (juego digital de estrategia en tiempo real). Lo decimos porque su dinámica parece ser el acaparar cada vez más terrenos para extraer los recursos, con ello tener más poder militar y tecnológico para seguir extrayendo recursos donde le dé la gana.

La intervención en Venezuela quitando y poniendo gobierno (cual antiguo emperador romano) ha sido una clara muestra de ello. Sus intenciones de hacerse con Groenlandia (por las buenas o por las malas) son una prueba más de esta frenética visión sobre la adquisición de recursos que el mandatario estadounidense está desplegando.

Esta última “amenaza”, además, ha puesto en solfa las relaciones entre los países occidentales. Y es que durante décadas (desde la I Guerra Mundial, pero especialmente después de la II), el paraguas protector del modelo capitalista norteamericano o estadounidense había sido una garantía para Europa. Hoy en día las ansias expansionistas, mercantilistas, depredadoras, etcétera de Trump y quienes lo sustentan llegan incluso a crear desconcierto en sus aliados europeos. No hay nada más peligroso que una persona ambiciosa manejando a la mayor potencia del mundo occidental.

Una persona que cada vez encuentra menos cortapisas y es capaz de criticar y poner en tela de juicio incluso las propias autoridades estadounidenses encargadas de instituciones tan importantes como la Reserva Federal. Porque Trump no deja de ser única y exclusivamente la cara grotesca de esos grupos de intereses que, tras él, solamente saben calcular el desarrollo de la humanidad de forma numérica y cuantitativa. Ellos son los que realmente mantienen a este personaje que no necesita lupa para presentarse como un ser grotesco y ambicioso.

Y junto a él, su guardia pretoriana: un grupo selecto de radicales integristas, con un claro componente religioso que nada tiene que envidiar a los ayatolás iraníes. Gente que empieza a cuestionar la ciencia, los derechos y libertades individuales, que quiere imponer un modelo de sociedad moralista basado en las apariencias y nada solidario con los más débiles. Gente que a buen seguro, de seguir en el poder, terminará transformando los hábitos de vida de millones de estadounidenses y mandando a la exclusión social a los que ellos consideren que no son merecedores de disfrutar los parabienes del capitalismo.

Y por si algo faltara a esta estruendosa puesta en escena (un personaje histriónico acompañado por un grupo de guardia pretoriana con tintes nazis que son mantenidos en el poder por gente muy poderosa), podríamos añadir el servilismo lameculos de algunos otros personajes como la ínclita María Corina Machado que, en un alarde de vasallaje estilo medieval, no ha dudado en entregar al señor Donald Trump el Premio Nobel de la Paz que recibió, y que provocó un ataque de celos. Con este gesto, la venezolana no solo ha ayudado a devaluar aún más este reconocimiento; su puesta en escena ha sido un absurdo tan grande que no lo hemos visto ni en una de los Marx.