Desde la atalaya: nadie sobra en la construcción de un mundo mejor

En condiciones normales, la visita del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, al Estado del Vaticano y su entrevista con el actual papa León XIV habrían ocupado el centro de atención de todos los informativos. Sin embargo, los asuntos judiciales que se le suceden al PSOE uno tras otro, como una cascada, y cuyo desenlace todavía desconocemos, pero que siembran serias dudas sobre el funcionamiento de nuestro Estado de derecho, han disipado esa posibilidad.

Y digo que habría ocupado grandes titulares porque muchas de las propuestas y reflexiones que recoge la encíclica de León XIV, dada a conocer bajo el nombre de Magnifica Humanitas, coinciden mucho más con los postulados de los partidos progresistas que con rituales tradicionalistas (muchos de ellos trasnochados) o ideologías excluyentes que convierten al mercado en el verdadero vellocino de oro, por muchos golpes de pecho que algunos puedan darse cada siete días.

Cuando en la encíclica se habla de justicia social, solidaridad, ecología, bien común, diálogo entre todas las personas de buena voluntad y un sinfín de ideas orientadas al encuentro entre quienes desean un mundo mejor —y no al enfrentamiento desde una religiosidad excluyente y hostil hacia el prójimo—, emerge una Iglesia que mira al futuro y afronta cuestiones como la revolución digital y, especialmente, la Inteligencia Artificial: el peligro de la manipulación, la imposición de la mentira sobre la verdad, las dictaduras encubiertas bajo un envoltorio de libertad o las nuevas formas de esclavitud, entre otros riesgos.

Pocos dudan de que la Iglesia católica, especialmente desde el Concilio Vaticano II, se ha ido despojando progresivamente de ciertos hábitos inquisitoriales heredados del pasado medieval, avanzando hacia una mayor conexión con la realidad y hacia una recuperación del mensaje evangélico del amor al prójimo por encima del odio hacia lo diferente. A pesar de ello, no faltan quienes, desde posiciones ortodoxas, consideran que esta ya no es “su” Iglesia, que se la han cambiado. Del mismo modo, también hay quienes sostienen que esta institución continúa teniendo demasiado poder e intenta imponer algunos de sus dogmas o planteamientos al conjunto de la sociedad, como ocurre con su concepción del derecho a la vida o con el limitado papel que sigue otorgando a la mujer dentro de sus propias estructuras.

Sin embargo, resulta difícil negar que, desde hace tiempo, incluso en países como España —donde lo religioso se mezcla con componentes antropológicos festivos y emocionales que a veces derivan en lo visceral, algo bastante alejado del espíritu de esta encíclica—, el cambio de rumbo de la Iglesia en favor de los más desfavorecidos ha sido una constante.

Y, realmente, en ese anhelo de construir un mundo mejor, la Iglesia católica comparte numerosos puntos de encuentro con sectores sociales y políticos progesistas que, en ocasiones, se prefieren ignorar. Por ello, desde una perspectiva orientada al bien común y al progreso colectivo, habría que partir más de aquello que nos une que de aquello que nos separa. Leyendo la encíclica del nuevo papa, no me cabe duda de que las alianzas entre muchos miembros de la Iglesia y posiciones políticas que defienden el ecologismo, la igualdad de género, la justicia social y la defensa del ser humano por encima de la mera eficiencia economicista y tecnológica deberían resultar mucho más fáciles.

Los grupos conservadores acudirán siempre al encuentro de las manifestaciones más formales que esenciales de la Iglesia, aquellas que aparentan mucho y lucen externamente, pero que quedan muy lejos de una auténtica unión de objetivos orientados a mejorar el mundo y la vida de las personas.

Esperemos que en el seno de la Iglesia, en las parroquias, en los grupos de catequesis y en tantos otros espacios, se hable de estos asuntos. Esperemos que se reflexione sobre lo que ha dicho la máxima autoridad religiosa de los católicos y que se analice cómo pueden alcanzarse estos objetivos.

De no ser así, la encíclica podría quedar en papel mojado —o, lo que es lo mismo, en agua de borrajas— y el fin último de la Iglesia terminaría reduciéndose a generar un calendario que sirva de excusa para celebraciones y fiestas, alejado de todo aquello que defiende la encíclica de León XIV.

Esperemos que los representantes de la Iglesia en pueblos y ciudades levanten la mirada para descubrir con quiénes pueden colaborar y trabajar, porque nadie sobra construcción de un mundo mejor.