Desde la atalaya: merece la pena

Cuando parece que merece la pena seguir defendiendo la posibilidad de un mejor mundo —y ahí habría que buscar las coincidencias de todas las personas—, la gente egoísta que nunca sacia sus deseos de acaparar lo pone más difícil. Los titulares de prensa que muestran el enriquecimiento de determinados empresarios a raíz de la guerra con Irán son una buena muestra de ello.

Hay quien apuesta por la imposición para sacar beneficio económico frente a la colaboración para superar situaciones adversas. La administración estadounidense nunca ha escondido sus intereses a nivel global y ha querido supeditar, como ya pasara en otras épocas de la humanidad, los designios de todo el mundo a la voluntad de quienes gobiernan su país.

Y en ello siguen ahora de una manera más burda, con un ministerio de guerra, políticos bravucones llenos de amenazas y un presidente que se describe por sí solo. Pero es de entender que una inmensa mayoría de esas personas, por el mismo egoísmo que mueve a los poderosos a querer más dinero, no se detienen ahí: también, desde su egoísmo particular, no les importa el daño que su país pueda causar en otras zonas del mundo y a otras personas, siempre que a ellos les repercuta en una mejora de su nivel de vida.

Y luego nos encontramos con que aquellos que osan salirse de las reglas del juego que marca el matón de la clase terminan pagándolo. Es difícil hablar de comportamientos que uno no comparte, y es aún más difícil establecer un juicio de valor sin tener todos los datos. Y eso es justamente lo que los sectores reaccionarios, empeñados en derrocar un gobierno progresista desde el minuto 1 en que tomó posesión, están procurando a todas luces: que la inmensa mayoría de la población emita un juicio de valor negativo sobre la conducta de personas relacionadas con ese gobierno. Hablamos de juicios de valor en el mejor de los casos, porque en la inmensa mayoría de los casos lo que se pretende es una sentencia condenatoria sin que se hayan aclarado los asuntos denunciados o peor un linchamiento.

Y es cierto que a uno le cuesta digerir, intelectual y emocionalmente, determinadas informaciones que aparecen sobre negocios, regalos y prebendas que personas significadas en la defensa de este gobierno han podido obtener de manera poco ética o lo que es lo mismo desde la lógica del capital.

Pero lo que extraña, sin duda, es que estos comportamientos sean criticados por aquellos que llevan en su ADN hacer negocio de todo y, especialmente, a través de lo público. Resulta paradójico que, desde el Partido Popular —con mucha gente de su entorno procesada o encarcelada por haber metido la mano en los recursos públicos—, se critique ahora que un expresidente del Gobierno socialista y sus hijas puedan tener negocios privados con otros países. Pero aún más llama la atención que critiquen los regalos que se le hicieron al expresidente y que, quizás, su error fue aceptarlos, cuando ellos se han vanagloriado de pasear por la boda de la hija del expresidente del PP a toda la cúpula del entramado corrupto relacionado con ese partido.

No se va a justificar ni los regalos recibidos por el desempeño de un cargo público, ni mucho menos el uso de posiciones privilegiadas por haber sido presidente del Gobierno para realizar negocios. Pero, ¿y si todo se redujera a que estas prácticas también las realizan otros muchos expresidentes que no son señalados y que cobran grandes cuantías por conferencias, charlas y asesoramiento en consejos de administración? Puede que, al final, el problema no haya sido la conducta de hacer negocios tras el paso por la política, sino con qué partes se hicieron esos negocios.

Y si esto es así, por mucho que la señora Cuca venga a Tarifa a criticar al Gobierno, primero debería hablar de quiénes, desde su partido y su entorno, están siendo investigados por haber podido obtener mordidas a través de empresas privadas de sanidad que hacen negocio con los dineros públicos que les llega por las administraciones del PP y que recortan de la sanidad pública.

Eso sí que es quitar dinero a todo el mundo de un derecho como es la sanidad pública. Y, por ello, seguir deseando un mundo mejor merece la pena.