Desde la Atalaya: Mascarada

Como siempre, y con retraso, el carnaval llega a nuestro pueblo. Tarifa celebra su fin de semana grande una semana después. Algunas voces vinculadas al mundo carnavalero lo han dicho alto y claro en redes sociales: alterar el calendario desnaturaliza la esencia de la fiesta.

Porque cada carnaval debe cantar a las peculiaridades de su pueblo, hacer un balance satírico e irónico de todo lo que ha acontecido en el año desde el anterior carnaval. El carnaval no deja de ser, frente a la vida cotidiana, una especie de catarsis que permite a la gente expresar sus ideas, emociones y sentimientos sin cortapisas. Cada pueblo canta sus verdades. Cada agrupación recoge el latido de su gente, transforma la queja en copla y la ironía en identidad compartida.

Por ello mucha gente de este mundo no entiende ese empeño por “dimensionar” el carnaval más allá de lo local, nuestras autoridades parecen olvidar que el carnaval no es volumen, es intención. No se trata de hacer más grande la fiesta, sino de hacerla más nuestra.

Cuando el foco está en el pueblo, la creatividad se afina. Se huye del insulto grueso y de la rima zafia, y se apuesta por la ironía inteligente, por la crítica con arte, por esa sátira que incomoda pero hace pensar. Eso exige compromiso. Y el compromiso necesita apoyo real, no gestos de escaparate ni decisiones pensadas para la foto.

Me comentan que existen, es cierto, iniciativas positivas que intentan enraizar el carnaval en los más pequeños, sembrando afición y transmitiendo tradición. Pero quienes conocen de verdad estas fiestas coinciden en que, si se quiere fortalecer el carnaval tarifeño, el camino no pasa por escaparates comarcales, sino por sostener a las agrupaciones que, a duras penas, encuentran locales donde ensayar; que asumen los costes de vestuario, escenografía y música; y que reciben mucho menos de lo que entregan. Sin tejido local fuerte, no hay carnaval que resista.

Como se ha descrito en numerosas ocasiones, Tarifa posee una tradición carnavalesca que hunde sus raíces en siglos de historia y que alcanzó momentos de especial esplendor a comienzos del siglo XX, con figuras como Juan “El del Actor”, Juan “El Peludo” o “El Tío Las Tortas”.  Algunas de estas coplillas, transmitidas de boca en boca, permanecían en la memoria colectiva. Había una que narraba un accidente de aviación en la campiña tarifeña y concluía con humor: “Los aviadores / eran barbudos, / eran primos hermanos / de Juan El Peludo.”

Aquello no nació de estrategias de marketing ni de concursos inflados. Nació del pueblo, de la necesidad de reírse del poder y de sí mismos, de convertir la crítica y la sátira en fiesta. Convendría recordarlo, especialmente en un tiempo en que la espontaneidad del carnaval corre el riesgo de perderse entre reglamentos y escaparates oficiales.

Aunque este año, como señalaba este diario, “el jurado del COAC determina una final localista clasificando a todas y cada una de las agrupaciones locales”, pueda parecer un gesto de apoyo, no deja de interpretarse como una medida destinada a contentar a todos. Y contentar a todos —lo sabemos— suele ser el síntoma más claro de que no se ha querido incomodar a nadie o que nadie incomode. El carnaval, cuando deja de ser espejo crítico para convertirse en un escaparate vacío, ya no es carnaval. Es solo mascarada.