Desde la atalaya: La derecha, los privilegios los sacrificios y la motosierra.

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El Partido Popular, en su afán por competir con Vox por el espacio más radical de la derecha y la extrema derecha —un espacio que sigue creciendo a costa de sus potenciales votantes—, no repara en endurecer su discurso, dejando cada vez más en evidencia la falta de moderantismo que tanto cacarea. Y no nos referimos solo a las formas, sino también al contenido de muchas de las propuestas que plantea de cara a un hipotético próximo Gobierno de la derecha y la extrema derecha si ganaran las elecciones.
El ínclito Feijóo, que durante sus más de trece años como presidente de Galicia no ha logrado resolver el problema de la vivienda social, habla ahora, sin complejos, de construir miles y miles de viviendas si llega a ser presidente del Gobierno de España. Lo que no explica con claridad es de qué tipo serán: si de protección pública o de renta libre, como tantas de las que se construyen actualmente y a las que buena parte de la gente de a pie no puede acceder.
En una de sus intervenciones también ha hablado de los sacrificios que habrá que hacer, sin especificar con claridad qué significa esa palabra. Conviene recordar que ya conocemos sus posibles consecuencias, porque quizá se esté refiriendo a los sacrificios que soportamos cuando la crisis financiera azotó España, primero durante el Gobierno de Zapatero y después con Rajoy. Este último hizo recaer buena parte de los costes de la crisis sobre los sectores sociales más débiles, con recortes en sanidad, educación y otras partidas, además de medidas que afectaron a las pensiones y a las condiciones laborales. Todo ello en nombre de lo que eufemísticamente denominaban «ajustes presupuestarios».
Y es que todavía queda mucha campaña por delante. Cuando el ultraderechista Figaredo cuestiona el actual sistema de pensiones, al que ha calificado de «zombi», y defiende su transformación, está planteando un debate que afecta directamente a millones de personas. Un discurso que puede calar entre parte de la gente joven, especialmente cuando se presenta desde posiciones individualistas y poco solidarias, y que debería llevar a miles de pensionistas y, sobre todo, a quienes perciben el Ingreso Mínimo Vital a preguntarse qué van a hacer con su voto.
La derecha y la extrema derecha pretenden movilizar a su electorado potencial, integrado también por sectores cuyos intereses económicos están vinculados a la especulación financiera y a la inversión inmobiliaria y que desean pagar menos impuestos. Una clientela política que, en parte, reclama un menor peso de los servicios públicos. Por ello, no les importa el desmantelamiento de la enseñanza pública, ya que suelen usar la privada, que favorece un modelo en el que las oportunidades dependan cada vez más de los recursos económicos familiares.
Igualmente, si se debilita la sanidad pública, quienes disponen de recursos suficientes podrán seguir pagando seguros y tratamientos privados, incluso cuando estos sean extraordinariamente caros. Sin embargo, un pensionista con una prestación modesta o un trabajador con un salario bajo puede encontrarse en una situación de enorme vulnerabilidad si necesita afrontar gastos sanitarios que no puede asumir.
Este discurso individualista y egocéntrico también cala en parte de la juventud. Hay jóvenes que parecen haber dejado de aspirar a un mundo mejor para todos y se conforman con mejorar su situación particular, incluso cuando eso supone conservar o ampliar privilegios heredados de sus padres. Unos privilegios que recuerdan a determinadas dinámicas del siglo XIX: la desprotección de los más débiles y el enriquecimiento de los sectores más poderosos.
No sucede únicamente en España. Es una tendencia internacional que combina el conservadurismo en los valores tradicionales con una gran permisividad ante determinadas prácticas económicas. Un modelo que permite a quienes ya disfrutan de una posición privilegiada confiar en que su estatus no corre peligro. A ellos se dirige buena parte del discurso y de las propuestas de la derecha y la extrema derecha.
Por eso cuesta entender que las encuestas puedan apuntar a una victoria electoral de las derechas cuando los sectores más acomodados constituyen una parte minoritaria de la población. Una posible explicación es la desmovilización de sectores populares que todavía no encuentran motivos suficientes para acudir a las urnas. Si esa desmovilización termina favoreciendo un cambio político contrario a sus propios intereses, quizá después sea demasiado tarde para lamentarse.
Prueba del daño que puede provocar un gobierno neoliberal es la visita del presidente de Argentina, que está llevando a las personas más vulnerables de su país a situaciones de penuria inimaginables en pleno siglo XXI. Quizás por ello, esta vez, desde la derecha y la extrema derecha no le han agasajado como a un gran gobernante: no ha habido mítines conjuntos, ni fotos ni encuentros… Perdón, eso sí, ha habido encuentros con una alumna aventajada que está destrozando los servicios públicos en Madrid.
A mi Prim.

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