Desde la Atalaya: la cruda realidad

Cuando el calendario nos devuelve a la rutina del día a día, vemos desde la distancia las recientes fiestas a las que muchos dicen son las de la infancia, quizás por lo mágico de las mismas que se llenan de fantasías los corazones y, a veces, incluso las mentes de los mortales.

Un retroceso en estas dos semanas y pico nos muestra las abundantes lluvias caídas y cómo ahora saltan las alertas sin problema. ¡Qué trágica existencia de quienes no las activaron y llenaron de dolor a tantas familias!

Un recuerdo cercano de zambombas al estilo de Jerez por todos sitios, convertidas en productos de consumo con fecha de caducidad porque pasado el 25 (fun, fun, fun) ya no suenan.

Un intento de despertar con fiestas un pueblo en estado de hibernación. Unas fiestas que, más allá de lo puramente familiar (como siempre fueron, por eso de que el mal tiempo invita a estar en casa), se han transformado en el máximo exponente de esta sociedad consumista que hace sentir al más desvalido el amo del universo.

Ese ha sido el gran logro de este modelo social: hacer creer a la gente que lo importante (sanidad, educación, pensiones, etc.) no importa. Hacer creer que solamente merece la pena defender lo placentero.

Además, si lo placentero no se reclama para todo el mundo sino solo para uno, unimos al hedonismo el individualismo. En ese momento caemos en el resabido “ande yo caliente…”. Expresión que algunos lo toman a pies juntillas y no les importa saltarse por el forro las normas de convivencia desde las más básicas y primarias en el día a día hasta los más sofisticados códigos de derecho internacional.

El neoliberalismo ha tenido el aguante de esperar décadas para tomar su verdadero cuerpo. Entender que la sociedad debe regirse por la ley del más fuerte y que todo tipo de ayudas son un despilfarro puede llevar a situaciones como la retirada de ayudas a las personas con discapacidad por el gobierno de Milei en Argentina. Eso es neoliberalismo. En el siglo XIX, estas personas eran no sólo ignoradas; además, eran excluidas.

En ese prisma de que el mundo es para unos pocos (desde su óptica para quienes lo merecen por su falta de escrúpulos entre otras notas características) aparecen influencers y otras especies queriendo quitar las pensiones. Para ello, nada mejor que invocar al egoísmo y hacer creer a los que aún no son pensionistas que esto también es un derroche. Y lo peor es que algunos compran este discurso y lo intentan aderezar con un toque de tecnicismo, hecho sólo para mentes privilegiadas y no para el resto de mortales.

Asimismo, en este escenario muchos están dispuestos a protestar y manifestarse porque su club del alma baje de categoría en lugar de que te bajen a la mínima categoría a tu sanidad pública, mientras aumentan los dividendos de las empresas privadas que hacen de tu salud su negocio.

Además, el neoliberalismo lo tiene todo atado, y bien atado. Y por ello, su intento de hacer esta sociedad cada vez más clasista y de evitar los ascensores sociales. Nada mejor para ello que cargarse la educación pública y financiar aquella que solo es accesible para unos pocos.

Y si todo esto no es buena muestra de cómo cambian las cosas para mal, sumémosle la situación internacional donde el neoliberalismo muestra su vertiente colonialista decimonónica y vuelve a ocupar territorios en el globo terráqueo para usurpar los recursos naturales de la gente que vive en ellos.

Pero no hay nada que temer. Lumbreras que hace un par de siglos gritaban “vivan las cadenas” piden que tiren bombas sobre su país, a pesar de ser uno de los países que más crece económicamente y que más ayuda a los que lo pasan mal. Gente que no ve más allá de sus propias narices clama contra quienes vienen defendiendo sociedades más justas e igualitarias.  Individuos que, en el placer de sentirse dueños del mundo por ir de tarde en tarde a un todo incluido hotelero, piensa que los derechos sociales han existido siempre.

En fin, puede que a los que creen en los Reyes Magos no les hayan traído carbón. Pero sí parece que nos han dejado un mundo más convulso, menos solidario y, sobre todo, más rampante, algo que no deja de ser una cruda realidad.

 

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Francisco Ruiz
Francisco Ruiz
Visitante
8 meses

Muy bien expresdo