Barrabás nunca fue el problema principal. El problema fue la multitud que lo liberó. Porque cuando una sociedad celebra al personaje antes que los principios, termina premiando el ruido sobre la integridad, la provocación sobre la responsabilidad y el espectáculo sobre la verdad.

La escena resulta tan antigua como inquietantemente actual. En el relato de los Santos Evangelios la multitud pidió la liberación de Barrabás mientras condenaba a quien representaba algo muy distinto. Dos mil años después, seguimos asistiendo a versiones modernas de aquel fenómeno: la fascinación colectiva por personajes cuya principal virtud parece consistir en desafiar las reglas, aprovechar las grietas del sistema o convertir su notoriedad judicial y mediática en un rentable espectáculo.
La figura de Aldama encarna, para muchos, esa extraña inversión moral de nuestro tiempo. No importa tanto qué hizo, qué dejó de hacer o qué responsabilidades puedan atribuírsele. Lo relevante es que ha logrado convertirse en símbolo. Y cuando alguien se transforma en símbolo, la razón suele ceder terreno ante la pasión tribal.
Así, un personaje controvertido acaba siendo recibido como una celebridad. Hay quien hace cola para fotografiarse con él en la discoteca de moda, contratada su presencia como reclamo comercial, previo pago por supuesto. Las redes sociales amplifican el fenómeno y la política lo aprovecha. Desde nostálgicos de viejos autoritarismos hasta jóvenes que juegan a la rebeldía reaccionaria como quien se pone una camiseta de moda, todos encuentran en él una figura sobre la que proyectar sus frustraciones y sus fobias.
Lo verdaderamente preocupante no es Aldama. Lo preocupante es la multitud. Una sociedad que convierte en héroes a personajes célebres únicamente por su capacidad para incomodar al adversario político corre el riesgo de perder cualquier referencia ética. Ya no importa la ejemplaridad, ni la coherencia, ni siquiera la verdad. Basta con que alguien golpee al enemigo correcto para recibir aplausos.
Y en ese proceso participan también instituciones que deberían inspirar confianza y neutralidad. Cuando una parte de la ciudadanía percibe que determinados poderes actúan con indulgencia hacia unos y severidad hacia otros, la desafección crece y la credibilidad se erosiona. La Justicia deja entonces de verse como un árbitro y pasa a ser considerada, con razón o sin ella, un actor más de la contienda política.
Quizás esa sea la lección más amarga. Barrabás nunca fue el problema principal. El problema fue la multitud que lo liberó. Porque cuando una sociedad celebra al personaje antes que los principios, termina premiando el ruido sobre la integridad, la provocación sobre la responsabilidad y el espectáculo sobre la verdad.