Desde la atalaya: El PSOE y el reto de recuperar el voto progresista

Si la semana pasada analizamos la intención de los partidos situados a la izquierda del PSOE de constituir un Frente Amplio, conviene recordar que hubo un momento en la historia reciente de España en el que ese espacio político estuvo representado, en buena medida, por el propio Partido Socialista Obrero Español.

El PSOE desplazó electoralmente a buena parte de las organizaciones situadas a su izquierda. Para ello confluyeron varios factores: integró al PSP de Enrique Tierno Galván, incorporó a militantes y cuadros procedentes de otras organizaciones, como el PCE y la ORT, y atrajo a sectores de la izquierda revolucionaria. Al mismo tiempo, presentó un programa moderado, capaz de convencer a quienes deseaban un cambio democrático sin grandes traumatismos.

El PSOE contaba, además, con una sólida articulación territorial. Aunque sus federaciones gozaban de cierta autonomía, la dirección federal ejercía una influencia determinante. El PSC mantenía una relación orgánica diferenciada, mientras que en el resto del territorio predominaba una estructura centralizada. Se hizo famosa aquella expresión: “Quien se mueva no sale en la foto”.

El desgaste del ejercicio del poder y el desplazamiento de determinadas políticas hacia posiciones más conservadoras contribuyeron a que la derecha acabara llegando al Gobierno. La experiencia socialista estuvo marcada por las contradicciones: junto a reformas importantes en educación y otros ámbitos sociales, algunas decisiones defraudaron a sectores de la izquierda, que dejaron de considerar al PSOE su principal referente.

Aun así, el partido mantuvo una importante implantación territorial y Andalucía se convirtió en su principal bastión electoral. En los municipios, las casas del pueblo siguieron siendo espacios de militancia y participación, con una base social que ha mantenido, en buena medida, su fidelidad más allá de los liderazgos. No olvidemos que el PSOE gobernó Andalucía durante 36 años, coincidiendo aproximadamente 15 de ellos con gobiernos del PP en España, los de José María Aznar y Mariano Rajoy.

De cara a las próximas elecciones, el PSOE intenta recuperar un discurso capaz de movilizar al electorado progresista que suele quedarse en casa. Ese voto puede resultar decisivo para modificar las expectativas electorales. El partido conserva fortalezas importantes para intentarlo.

La primera es su implantación territorial. Sus agrupaciones reúnen a militantes de distintas generaciones y etapas históricas, capaces, cuando se movilizan, de llegar a diferentes sectores sociales y a los municipios más pequeños. Esa militancia constituye uno de sus principales activos. No es casual que Pedro Sánchez, cuando quiso recuperar el liderazgo socialista, recorriera las agrupaciones y buscara directamente el apoyo de las bases.

Pero el escenario ha cambiado. Las derechas cuentan con importantes apoyos mediáticos y económicos. Sectores influyentes de las finanzas y la empresa reclaman acabar con el “sanchismo”, una consigna que esconden intereses contrarios a determinadas reformas laborales impulsadas por Yolanda Díaz, o a las reformas educativas, las subidas del salario mínimo y la ampliación de la protección de la Ley de Dependencia.

A ello se suma una extrema derecha que cuenta con apoyos internacionales y combina el liberalismo económico desregulador con posiciones socialmente autoritarias. Su propuesta de reducir las trabas a los negocios y limitar la intervención pública se presenta como una panacea, especialmente cuando se acompaña de discursos que agitan el miedo y el odio.

La identificación del “sanchismo” con una mala praxis política, alimentada también por los casos de corrupción aparecidos en entornos del poder, ha perjudicado a las fuerzas progresistas y debilitado su credibilidad. Estos hechos se suman al desgaste propio del Gobierno y proporcionan argumentos a una oposición que ha convertido la deslegitimación del adversario en uno de sus principales recursos. Sin embargo, esa estrategia no ha eliminado el respaldo social a las políticas progresistas.

Si el PSOE consigue activar su militancia y movilizar al electorado abstencionista, los resultados podrían cambiar sustancialmente. La cuestión será especialmente relevante si el Frente Amplio no llega a consolidarse como una opción creíble, reconocible y con suficiente fuerza para atraer al electorado progresista. En ese escenario, el PSOE podría volver a recibir el voto útil que obtuvo a principios de los años ochenta. Pero esta vez el objetivo no sería impulsar un cambio político como el de entonces, sino evitar una involución y preservar los derechos conquistados durante las últimas décadas.

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