Gaspar J. Perea Cuesta

La noche cayó sin luna sobre el litoral. A espaldas de la mancha de a tinta en la isla de Tarifa, también llamada de las Palomas, allí donde el silencio sepulta la maleza y el asfalto se vuelve un recuerdo, el viento de levante amortiguaba cualquier sonido que no perteneciera al mar.
Añito avanzaba con paso firme a pesar de la penumbra. Conocía cada pulso de aquella playa desde niño; sabía cuándo la marea estaba alta solo por el tono del batir de las olas contra las piedras del camino. Al doblar el recodo de la loza se acordó de celaje y añoñi—uno de los pocos vestigios que la presión urbanística no había logrado demoler por estar en dominio público marítimo-terrestre— vio el destello tenue de un candil de aceite.
Dentro, apretados entre antiguos paños de red, cabos de cáñamo y boyas desgastadas por el sol, se encontraban más de una veintena de jóvenes.
Estaba Manolito, el vigilante de Los Lances Bay Resort; estaba Lucita, graduada en Ciencias Ambientales que trabajaba limpiando las villas del complejo turístico por horas; y estaban varios de los antiguos muchachos que intentaron mantener a flote los barcos de pesca artesanal antes de que las tasas portuarias los expulsaran del muelle.
El ambiente olía a salitre, a humedad y a la madera vieja de los cajones donde en su día se guardaban las capturas. Al entrar Añito, el murmullo de voces cesó de golpe.
—Añito… —murmuró Lucita, levantándose para dejarle hueco sobre un bidón de plástico—. Pensábamos que no venías. La patrulla de la contrata privada de seguridad pasa ahora cada cuarenta y cinco minutos por la pista de tierra.
—Esa pista la abrieron mis abuelos a pie, chiquilla —respondió Añito con una sonrisa serena, sentándose despacio—. Esas cámaras de infrarrojos que han puesto leen matrículas y códigos QR, pero no saben distinguir el paso de un tarifeño de la sombra de un matorral.
Un murmullo de complicidad recorrió la caseta. Manolito tomó la palabra, mostrando en la pantalla de su teléfono móvil un mapa interactivo del municipio.
—Hemos estado haciendo cuentas, Añito. La semana que viene entra en vigor el nuevo corte de agua potable para el casco histórico: ocho horas diarias, de diez de la noche a seis de la mañana. Sin embargo, en la ficha técnica del Ecohotel y en los sectores de Albacerrado, el suministro no se interrumpe porque cuentan con depósitos de reserva privados cofinanciados con dinero público. Nos están secando el pueblo a escondidas. Y en las VPO de Metrovacesa, el noventa por ciento de las adjudicaciones han ido a parar a empresas de gestión de alquiler vacacional. Nos han borrado del mapa.
Añito miró los rostros cansados de aquellos jóvenes. Tenían entre veinte y treinta años, pero en sus ojos no había resignación, sino una mezcla encendida de indignación y dignidad.
—El problema —dijo Añito, alzando la voz lo justo para imponerse al silbido del levante— no son solo sus pantallas, sus cierres digitales o sus camiones cisterna. El problema es que nos han hecho creer que su progreso era nuestra única alternativa: ser sus sirvientes o marcharnos a Algeciras o a donde podamos buscarnos la vida para poder tener un hogar donde poder guarecernos. Nos han quitado las fábricas de conserva, nos han quitado el bar del grifo, nos han quitado el idioma del güenarate y el grito de «¡EO!». Nos han dejado sin nada que nombrar como nuestro.
Se hizo un silencio denso. Lucita dio un paso al frente.
—¿Y qué hacemos, Añito? Los tribunales tardan diez años en resolver una alegación ambiental. Para cuando haya una sentencia sobre el manantial de carrizales, los hoteles llevarán una década funcionando y el manantial estará seco.
Añito se levantó lentamente. Apoyó ambas manos sobre la mesa improvisada y miró fijamente a cada uno de ellos.
—Lo primero que vamos a hacer es volver a ocupar el espacio público que nos han robado, pero no con piedras ni con ira estéril, sino con la fuerza de la verdad y de la memoria.
Añito desplegó sobre la mesa una libreta vieja, de tapas de hule gastadas:
- La Red del Güenarate: Crear una red comunitaria al margen de los canales oficiales. Aprovechar el conocimiento de la gente del pueblo sobre las infraestructuras para documentar cada fuga, cada desvío ilegal de agua hacia las piscinas privadas y cada infracción de la normativa ambiental que las grandes promotoras ocultan tras sus sellos de «eco-sostenibilidad».
- La reconquista de las calles: Romper el silencio antiséptico de las urbanizaciones. Organizar encuentros vecinales, talleres de oficios antiguos como la estiba, charlas sobre la historia marinera y asambleas abiertas justo a las puertas de las promociones y en las plazas privatizadas por las terrazas de lujo.
- El Sindicato de la Sal: Unir a las mujeres de la limpieza, a los vigilantes de seguridad, a los camareros y a los mantenedores en una sola voz. Si los trabajadores de Tarifa se cruzan de brazos durante un solo fin de semana de pleno verano, el «paraíso de lujo» de los grandes inversores se colapsa en veinticuatro horas.
—Ellos tienen el capital y las modificaciones del planeamiento —concluyó Añito con el brillo de una convicción indestructible en la mirada—. Pero nosotros tenemos la llave de la ciudad real: la que abre las tuberías, la que limpia las habitaciones, la que conoce los caminos y la que sabe cómo responder al mar cuando el levante aprieta.
Manolito miró a Lucita. Los dos sonrieron. Por primera vez en muchos años, el miedo a ser invisibles empezaba a disiparse.
Al salir de la caseta, cerca de la madrugada, el grupo de jóvenes echó a andar en abanico por la orilla, disolviéndose entre la oscuridad para evitar a las patrullas privadas. Añito se quedó un momento a solas en lo alto de la piedra de la mancha de la tinta, contemplando las luces lejanas de los macrocomplejos que resplandecían en la noche como barcos varados.
El viento le trajo de golpe la memoria de aquellos versos que cantaban los viejos en las plazas cuando Tarifa aún era de los suyos. Se ajustó la chaqueta, miró hacia el horizonte donde el Atlántico abrazaba al Mediterráneo y dejó ir un silbido agudo y claro que cortó la noche.
—¡EO! —gritó Añito hacia la oscuridad, con la fuerza de un pueblo que empezaba a despertar.
Desde el fondo de las dunas, sepultada por el viento pero inconfundible, la voz de Manolito y Lucita respondieron a lo lejos:
—¡EO!
El grito había vuelto. Y con él, la certeza de que la batalla por Tarifa no había hecho más que empezar.
