Juan Atalaya García. Un exilio interior. Crónica de un incidente sufrido, septiembre de 1931.

El pasado sábado 2 de mayo se presentó el libro Juan Atalaya García. Un exilio interior. Crónica de un incidente sufrido, septiembre de 1931. Este libro nace como respuesta a un artículo publicado en un diario comarcal a finales de agosto de 2025. Bajo el título “Feria, religiosidad y política en Tarifa en tiempos de la Segunda República”, el autor expone, desde la óptica de la memoria oficial que se impuso tras el golpe de Estado de 1936, una serie de ideas que pueden ser más o menos compartidas y, por ello, generar un debate serio y riguroso sobre la interpretación histórica de los hechos recogidos.

Pero, sobre todo, es el trato despectivo a la figura de mi abuelo materno, Juan Atalaya García, lo que activó este trabajo. Un trato que queda reflejado en el uso de la expresión “el tal Atalaya”, una expresión que puede tener una carga peyorativa al convertir a la persona en alguien genérico y menos importante, funcionando frecuentemente como un mecanismo de distanciamiento o crítica.

Además, una lectura sosegada de dicho artículo mostraba una serie de incongruencias. Por ejemplo, ¿cómo se puede titular un ladillo “De la Virgen ‘prisionera’ en San Mateo a la normalidad (1932-1938)” cuando, renglones antes, se menciona que “el traslado de la imagen fue suspendido inopinadamente, permaneciendo en la iglesia de San Mateo al considerar que aquí se custodiaría con menor riesgo de sufrir cualquier percance”. Es decir, se describe que fue la propia hermandad la que suspendió la romería.

O cómo se obvia que resulta un tanto incongruente que el culpable de aquel “incidente” hubiese sido mi abuelo cuando se describe que “algunos habrían empezado a calentar el ambiente ya desde la entrada de la comitiva en el pueblo, profiriendo gritos aparentemente a favor de la Virgen, pero que sonaban más bien a enemiga y provocación”. Por qué el autor recoge tan solo la versión del órgano oficial de la derecha política y sociológica tarifeña de la época, el semanario Unión de Tarifa, que difundió la versión contra el guardia municipal Juan Atalaya, lo acusó de vocear “palabras ofensivas dirigidas a la patrona y contra los actos devocionales”, cuando el mismo autor del artículo es conocedor —porque así lo manifiesta en su escrito— de que “fueron sancionadas ciertas personas de ideología conservadora, es decir, de derechas, entre ellas algunos guardias municipales, acusados de promover ‘un escándalo dando vivas y mueras’, enviándolas a la cárcel o imponiéndoles multas”.

Muchas incongruencias que invitaban no ya solo a hacer presente la memoria de la familia, sino a bucear en las fuentes primarias existentes y a mi alcance para poner las cosas en su sitio. Algo que, quizás, con la llegada de la democracia se podría haber hecho antes, pero que, por respeto a mis mayores, que tanto sufrieron, se mantuvo en silencio hasta que ha llegado el momento de situarlo en su lugar.


Y de ahí este libro. Un libro que nace con la intención de ser un reencuentro con la historia y no un instrumento de confrontación a través de ella. Pero, al mismo tiempo, es un libro que se ha convertido en un ejercicio de dignificación, de búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación. Un libro que pretende que quien lo lea se traslade a un tiempo tan convulso en Tarifa, pero que, al hacerlo, tenga en cuenta las coordenadas histórico
espacio-temporales para poder enjuiciar y tener un criterio claro de cómo era la vida entonces.

Obviamente, hay una fecha en la que todo esto se quiebra: a partir del golpe de Estado de julio del 36. Porque no nos equivoquemos: fue un golpe de Estado, y un golpe de Estado implica la imposición por la fuerza de los criterios de unos sobre otros. Es ahí donde comienza a destrozarse la convivencia, una convivencia que ya venía deteriorándose desde tiempo atrás y que dio lugar a la imposición de una memoria oficial. Esta memoria oficial es, al parecer, la única fuente que el autor del artículo “Feria, religiosidad y política en Tarifa en tiempos de la Segunda República” tuvo en cuenta.

Pero, antes de esa memoria oficial impuesta, la realidad podía interpretarse bajo otros paradigmas, otras visiones. Por ello, quienes lean este trabajo podrán conocer y acercarse, desde la óptica de la historia de las mentalidades —porque es necesario situarse en ese momento histórico; no se puede analizar con la mirada actual—, a cómo era la Tarifa de aquella época.

Adentrarse en los obstáculos encontrados por el ayuntamiento republicano-socialista tarifeño, en las estrategias de presión ejercidas por los sectores reaccionarios contra quienes se significaban en la defensa de las ideas republicanas, en el uso de la religiosidad popular como arma política aprovechando el laicismo de la República, o en las intenciones de justicia social de quienes, desde el poder local, chocaron con los privilegios de los poderosos, son algunas de las claves que ayudarán a comprenderlo.

Y, cómo no, recuperar la memoria de tantos tarifeños y tarifeñas asesinados tras el golpe de Estado, tan solo por defender unas ideas políticas. No he encontrado ni un solo dato que permita pensar que estas personas no eran ciudadanos de bien: gente honrada y trabajadora que fue asesinada o marginada socialmente por una parte de la población que apoyó el golpe de Estado.

Mi abuelo no fue asesinado, pero también pagó un alto precio por sus ideas políticas y sociales: un exilio interior. En esa situación, su principal objetivo fue proteger a su familia y sacarla adelante. Junto a Miranda de Sardi y Sebastián Romero, firmó el reglamento de la agrupación socialista de Tarifa para su creación.

Mi abuelo, Juan Atalaya García, extremeño de nacimiento, lisboeta en su infancia y juventud y tarifeño la mayor parte de su vida, vivió en un exilio interno durante más de cuarenta años. Era una persona justa (siempre al lado de los más débiles), culta (en una época de analfabetismo, hablaba y escribía en dos idiomas) y valiente (mantuvo su decencia hasta el final), que supo vivir en la escasez material, pero morir con la grandeza de la dignidad.

Se le atribuyó una calumnia, un bulo —como los de ahora— que nunca dio lugar a sanción administrativa ni judicial contra él (prueba de su falsedad), pero que marcó su existencia, tan solo por no ser creyente. Sin embargo, antes la historia se había contado de otra forma.

Y ese es el objetivo del libro: en primer lugar, humanizar a ese “tal Atalaya”, mi abuelo, al que el artículo aparecido en este diario en agosto de 2025 se refiere de manera despectiva; y, en segundo lugar, aportar una serie de datos que permitan responder a muchas de las interrogantes que, como es lógico, surgen tras exponer la versión familiar y el análisis documental sobre estos hechos, entre ellas:

• ¿Fueron las medidas de un gobierno laico —como no incluir la imagen de la Virgen en el programa de Feria o que las autoridades locales no acudieran a recibir a la patrona— una excusa perfecta para atacar a la República y a quienes la representaban en Tarifa?

• ¿Estaba todo previsto de antemano, como denunciaron los concejales republicano-socialistas y como parecen indicar las sanciones adoptadas por la autoridad civil?

• ¿Qué se quiere decir cuando el semanario Unión de Tarifa hace referencia a los «excitados ánimos del pueblo»? ¿Se debió ese estado de crispación a que determinados individuos se dedicaron, durante el mes de agosto y, en especial, el 5 de septiembre, a soliviantar los ánimos?

• ¿Cómo puede reconocerse, en un pleno, que el hecho de no haber incluido la entrada de la patrona en el libreto de las fiestas había generado disgusto en el pueblo?

• ¿Era el entramado organizado en torno al acto de religiosidad popular un escenario ideal para atacar al gobierno local?

• ¿Hubo permisividad o complicidad por parte de algunos agentes municipales que debían velar por la seguridad y que no actuaron, por lo que fueron expedientados? ¿No constituye la implicación de un trabajador municipal como uno de los principales provocadores una prueba más de los tentáculos del poder ejercido desde la sombra por determinados elementos del sistema caciquil que se negaban a reconocer el nuevo escenario político?

• ¿Por qué la derecha se negó, en el pleno del 11 de septiembre de 1931, a que se abriera un expediente de investigación?

• ¿En qué medida la vinculación de determinados terratenientes con los disturbios evidencia el rechazo de estos sectores a las medidas de reforma agraria impulsadas durante la Segunda República?

• ¿No puede interpretarse la aparición de dirigentes locales de la derecha entre los sancionados como una clara muestra del alcance de las responsabilidades en el altercado?

• Si estaban disconformes con las medidas sancionadoras de la autoridad civil, ¿por qué no hay constancia de que recurrieran a instancias superiores, como ocurrió en otros casos? ¿Por qué no se acudió a la justicia ordinaria para impugnar algunas de las medidas adoptadas por la autoridad civil, como sucedió en el caso del médico destinado a Facinas? ¿Qué se pretendía al recurrir a personas influyentes para que retiraran las multas y actuaran por favor?

• ¿Cómo puede explicarse que, después de haber sido acusado de actos antirreligiosos, Juan Atalaya fuera salvado de ser fusilado en 1936 por un párroco?

• ¿No contribuyó, entre otros factores, la solidaridad de ciertos sectores de la población de Tarifa a que Juan Atalaya pudiera sacar adelante a su familia?

Interrogantes que cualquier historiador debería plantearse a la hora de afrontar un trabajo sobre un material tan sensible y que tanto dolor provocó. Pero, además, pueden constituir la base para el establecimiento de hipótesis de investigación, pieza clave en cualquier proyecto histórico desarrollado desde el marco de una metodología científica.

Y, como no podría ser de otra forma, el libro pretende ser una pequeña aportación a la memoria de todas aquellas personas a las que injustamente se les segó la vida; a sus familiares, que quedaron marcados por ese dolor; y a quienes, en tiempos difíciles, supieron salir adelante y transmitir lo vivido para que nadie se atreva a seguir manipulando la historia. A todos ellos, a todas esas familias que, en el silencio del miedo, crecieron con resiliencia y dignidad, este libro quiere rendir homenaje.

Por ello, invito a quienes deseen profundizar en estos hechos a la lectura de Juan Atalaya García. Un exilio interior. Crónica de un incidente sufrido, septiembre de 1931, con el deseo de que nunca más la convivencia se vea alterada por el uso de las armas, como sucedió en julio de 1936, y de que hechos tan deleznables no vuelvan a repetirse. Y pedir a quienes traten de manera más o menos rigurosa asuntos como este, se cercioren bien de qué van a difundir y cómo lo van a hacer, por respeto a la historia, pero sobre todo a esas personas que ya no se pueden defender.

Gracias a todas las personas que nos acompañaron.