
Finalizan las fiestas invernales y, tras el paso de la Navidad, Año Nuevo y Reyes Magos, los pueblos y ciudades vuelven a la normalidad o mejor dicho, a la cotidianeidad.
Y uno se queda con el resabor de que el modelo consumista ha invadido todos los rincones de las fiestas navideñas: los villancicos suenan a golpe de cajas de los establecimientos de hostelería; los viajes o excursiones a la meca de la zambomba salen desde todos los rincones de la provincia (e incluso de allende sus límites geográficos); las comidas y cenas de trabajo, amigos, familias y todo lo que encarte llenan los establecimientos hosteleros que abren en esas fechas (paradójicamente, mientras los dueños no paran de quejarse de lo mal que está todo); los grandes establecimientos comerciales hacen su agosto en invierno, creando esa sensación de que si no regalas nada es igual. Y así, un largo etcétera. En fin, lo que eran unas fiestas familiares y de infancia parece no serlo tanto.
Por no decir el bombardeo con los Reyes Magos que aparecen en primera plana de todos los informativos, con la frivolidad de qué guapo es tal o cual rey, al tiempo que ocultan los insultos que los “tontos de nacimiento” le dedican en Sevilla al presidente del gobierno en un barrio pijo, queriéndose hacer oír. Porque para ellos eso, por supuesto, no es cargarse una fiesta infantil. Insultos que salen de esos “pijos” y “pijas” que, en su mayoría, nunca cobrarán un salario mínimo, ni acuden a la sanidad pública. Por supuesto, muchos de ellos asisten a colegios, institutos y universidades privadas donde se les garantizan los títulos necesarios para mantener su status quo.
Entiendo que desde una óptica individualista y egoísta estos sectores de la población defiendan sus privilegios. Sin embargo, espero que esta tendencia (permítanme la ocurrencia) a la “cayetanización” de parte de la juventud no sea nada más que una cuestión de moda y no se vaya a “pijogilizar” toda ella. Las modas son muy dadas en esas edades; recordamos lo que pasó con la imitación de los artistas y deportistas en materia de tatuajes.
Pero hay datos que deberían hacer reflexionar al personal. Nos desayunamos con una encuesta para la Cadena SER y El País donde, a grandes rasgos, se comprueba cómo crece la extrema derecha tras los trágicos sucesos de la Dana, a pesar de que ellos son negacionistas del cambio climático. Igualmente, se señala cómo existe una disonancia entre la valoración que el conjunto de la población hace del gobierno (que es mala) y las políticas que este realiza (que son apreciadas de forma positiva).
Para algunos analistas, en la base de estos datos puede estar el abandono de la lectura y su sustitución por mensajes de las redes sociales, donde se ha creado un caldo de cultivo propicio para ello a base de odio y difamación. No en balde, algunos de los dueños de estas empresas (que ganan suculentos dividendos a costa de que la gente suba sus interioridades) las han puesto al servicio de la difusión de mensajes negacionistas, bulos y calumnias por parte de sectores de extrema derecha, en lo que se ha dado en denominar internacional reaccionaria.
Nada nuevo bajo el sol. A lo largo de la historia, cuando los sectores populares han alcanzado nuevos derechos, los pudientes (antes unos, ahora otros, pero siempre pudientes) no han dudado en montar Santas Alianzas o lo que hiciese falta para recortar esos derechos.
Y en esta ola reaccionaria no faltará quien intente blanquear la figura del dictador, aun faltando al más mínimo rigor histórico y, por supuesto, siempre queriéndose hacer oír.