Desde la atalaya: Hipocresía

En este debate, y en una entrevista a una revista católica el Papa Francisco ha comentado: «Nadie se escandaliza si doy mi bendición a un empresario que quizás explota a la gente y esto es un pecado gravísimo. Mientras se escandaliza si se lo doy a un homosexual…. ¡Esto es hipocresía!».

El Papa Francisco ha vuelto a liarla con unas nuevas declaraciones. Este Papa vino para no dejar a nadie indiferente y me da que lo está consiguiendo, especialmente en los sectores más reaccionarios que lo ven como un enemigo de las buenas costumbres.

La nueva cuestión no está relacionada con la visita que le hizo la líder de SUMAR, Yolanda Díaz; ni tan siquiera que el Papa Francisco le preguntara: “¿Sigue tan peleadora como siempre?» El asunto que ha vuelto a llenar titulares está referido a la controversia que hay dentro de la Iglesia Católica con la posibilidad de bendecir parejas del mismo sexo. Para algunos, esta propuesta es inaceptable, aunque para otros muchos creyentes sería una liberación el poder mostrarse con naturalidad, sin necesidad de disimular lo que todo el mundo conoce.

En este debate, y en una entrevista a una revista católica Francisco ha comentado: «Nadie se escandaliza si doy mi bendición a un empresario que quizás explota a la gente y esto es un pecado gravísimo. Mientras se escandaliza si se lo doy a un homosexual…. ¡Esto es hipocresía!».

Y en cierta forma, independientemente del tema de fondo, el Papa ha vuelto a poner el dedo sobre la llaga, ya que la hipocresía, el fingimiento o la falsedad es una conducta demasiado generalizada en la vida diaria. Por ejemplo, es habitual ver como la gente relativiza una conducta depende de quien la haga. Así, si en el trabajo hay una persona no cumplidora pero con la que hay una cierta amistad, se actúa con un rasero distinto si dicha persona no es conocida.

Mucho más llamativa es la conducta hipócrita cuando ésta se da en un cargo público, y no sólo porque la política actúa como una lupa (para lo bueno o lo malo), sino también porque el cargo público debe ser sincero con sus conciudadanos. Quizás, una de las mayores virtudes que debe tener una persona que se dedique a lo público es su sinceridad unida a su integridad.

Sin embargo, cuando desde el poder se dice una cosa, pero se hace lo contrario, o se finge estar preocupado por un tema, pero luego, diariamente, se pasa de hacer nada para solucionarlo, lo normal es que todo se deteriore, que todo valga; y eso, a la postre, trae consecuencias negativas para la sociedad.

Y todo ello me recuerda que hace unos días una joven tarifeña íntegra y entregada a la lucha por la igualdad de las personas (en especial de aquellas con movilidad reducida) recibía un premio de la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar por su trayectoria. Un premio más que merecido por sus muchos años de demandas, de trabajo desinteresado, de concienciación sobre la necesidad de hacer ciudades y pueblos más accesibles para todas las personas. Esperemos que ahora desde las instituciones locales se actúe con mayor celo sobre las propuestas y demandas que María Amor León y la asociación a la que pertenece sigan aportando para la mejor calidad de vida de todas las personas. Lo contrario sería hipocresía.

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