
Vivimos tiempos en los que las noticias apenas sobreviven unas horas antes de ser sustituidas por la siguiente polémica. Los incendios que hace unos días ocupaban portadas y tertulias han quedado relegados por nuevos titulares. Sin embargo, hay algo que permanece inalterable: la facilidad con la que determinados sectores políticos y mediáticos convierten cualquier acontecimiento en munición para alimentar la confrontación y el odio.
Los incendios han servido para comprobar, una vez más, cómo proliferan en las redes sociales los expertos instantáneos. Una legión de falsos «catedráticos en medio ambiente» que ilustran a la perfección lo que algunos han denominado garrulismo. Personas que también podrían entenderse como el prototipo del zorrocotroco ibérico: ese individuo que se cree descendiente de una estirpe superior y no el resultado del paso de múltiples culturas por esta vieja piel de toro.
Y, a pesar de que aparecen científicos de reconocido prestigio explicando con rigor qué está ocurriendo, siempre surge el garrulo de turno que ha dedicado más tiempo a desarrollar sus bíceps que su capacidad de razonamiento y publica un vídeo afirmando exactamente lo contrario. Es lo que hay. La ignorancia se ha hecho fuerte.
Quienes consumen desinformación alimentan los perfiles de personas aún más ignorantes que ellos y terminan propagando mensajes que poco tienen que ver con el razonamiento lógico y mucho más con las reacciones viscerales. Confunden el odio con la razón y convierten sus prejuicios en supuestas verdades.
Es lo que ha vuelto a ocurrir con lo sucedido en Ceuta y Melilla. Un asunto de enorme complejidad geopolítica ha sido utilizado, una vez más, para incendiar las redes sociales y convertir al Gobierno en el único responsable de un problema que desborda con mucho la política nacional.
Pero que sea lo habitual no significa que quienes conservamos un mínimo sentido crítico debamos callar. Cada día las redes sociales se transforman en púlpitos desde los que celebridades improvisadas y auténticos descerebrados lanzan mensajes carentes del más elemental rigor. Y lo más llamativo es que, cuando uno profundiza en muchos de esos perfiles, descubre que algunos presumen de no tener estudios y de haberse formado únicamente en «la escuela de la vida».
Conviene recordarles que la escuela de la vida es otra muy distinta de la que ellos pregonan. La auténtica escuela de la vida es la que proporciona sabiduría con el paso del tiempo, porque enseña a observar la realidad con menos impulsividad y más serenidad. Es la que nos hace tolerantes con quienes piensan de manera diferente, aceptando incluso que puedan tener más razón que nosotros en algún asunto.
Es la que nos acerca al imperativo categórico de Kant: actuar de tal manera que el principio que guía nuestros actos pueda convertirse en una ley universal. Dicho de una forma más sencilla, hacer aquello que sea bueno para los demás y también para uno mismo. Porque la escuela de la vida no enseña a descargar machetazos dialécticos contra quien piensa, siente o vive de otra manera.
La escuela de la vida también nos hace comprender que el ser humano es, por naturaleza, un ser social y que solo puede prosperar cuando el bien común prevalece sobre el egoísmo que todos llevamos dentro.
Y todo esto me lleva a lo que acaban de hacer la derecha y la extrema derecha en Aragón: eliminar unas becas de apenas 17 euros semanales destinadas a menores extranjeros no acompañados para que pudieran afrontar algunos gastos básicos.
España mejora sus indicadores económicos y dispone hoy de más recursos que hace unos años. Precisamente por eso resulta difícil comprender que alguien quiera presentar como un gran triunfo político el hecho de retirar una ayuda destinada a jóvenes especialmente vulnerables. Cuando se habla de miles de millones defraudados, de grandes fraudes fiscales, de plusvalías por compra venta de áticos o de privilegios económicos, el debate acaba centrándose en quienes menos tienen. Y, al final, toda esa supuesta batalla por salvar las cuentas públicas se reduce a una cifra tan pequeña como reveladora: 17 euros semanales.