14:23 h. Jueves, 22 de agosto de 2019

Filito para mí nunca fue Filito. Era mi tío Rafael

| 19 de julio de 2019

Así que el tío Rafael, en mi imaginación, era una figura mítica que recorría el mundo llenando teatros. (...) Aquel Rafael Araújo mítico que llenaba estadios por medio mundo se me había convertido en La Estrella, que cantaba en salas de fiesta de la costa catalana y tenía un montón de pluma

 

 

 

Filito para mí nunca fue Filito. Era mi tío Rafael. Filito es uno de esos motes familiares que se heredan de padres a hijos, así que entre nosotros no tenía sentido llamar así a nadie de la familia. Rafael Araújo Balongo, así se llamaba. Esa es una de las primeras cosas que tenemos que recuperar, el nombre y los apellidos de aquellos que por no ajustarse a las estrechas exigencias de una sociedad pacata y gazmoña se vieron despojados hasta de ese mínimo reconocimiento: el nombre que le eligieron sus padres y los apellidos que lo identificaban como miembro de una familia. Así que los voy a repetir: Rafael Araújo Balongo.

 

Ese fue el nombre con el que yo lo conocí durante mi niñez, cuando mi tío Rafael era sólo ese nombre y una foto en blanco y negro, vestido con camisa de volantes y en pose flamenca, que había en casa de mis abuelos Vicente y Rafaela.

 

¿Y este quién es?

El tío Rafael.

¿Y dónde está?

De gira en el extranjero, que es artista.

 

Así que el tío Rafael, en mi imaginación, era una figura mítica que recorría el mundo llenando teatros.

Mucho después, cuando lo conocí en persona siendo yo casi un adolescente... yo no estaba preparado para aquel hombre alto, delgado, con una melena rizada más abajo de los hombros y una pluma considerable. Yo había tenido compañeros en el cole y había conocido a hombres más o menos amanerados, pero nunca había estado en presencia de nadie que desplegase la pluma de esa manera en todo: en la forma de hablar, de fumar, de sentarse, de vestirse…

 

El primer rato con él del que tengo un recuerdo nítido es en casa de mis abuelos con varias de sus maletas abiertas llenas de ropa y ofreciéndome la que me gustara y me estuviera bien. Tengo que decir que no estuve a la altura. En mi descargo diré que estaba en plena adolescencia (con mis propias necesidades de afirmación de la identidad), que eran los años setenta y que en aquella Tarifa, plaza militar, NI DE COÑA pensaba ponerme aquellos vaqueros con adornos de brillantes, aquellas camisas de fantasía ni aquellos jerseys entallados. Hasta ahí puedo tener excusa. Pero su última oferta fueron unos vaqueros absolutamente heteronormativos que rechacé sin saber muy bien por qué. ¿El color? ¿O que toda la ropa de aquellas maletas había quedado expuesta a no sé qué tipo de radiación gay que la volvía inaceptable para un adolescente hetero? Recuerdo la decepción en el tono de voz de mi tío: ‘Pues hijo, yo más no puedo hacer’.

 

Por aquella época, o no mucho después, conocí otro nombre para mi tío: ‘La Estrella’, que era su nombre artístico en las salas de fiesta en las que actuaba. Dense cuenta: aquel Rafael Araújo mítico que llenaba estadios por medio mundo se me había convertido en La Estrella, que cantaba en salas de fiesta de la costa catalana y tenía un montón de pluma. Y es verdad que en aquellos años Rafael tuvo muy buenos momentos y otros mucho menos buenos. Viajó mucho, fue aplaudido por hacer lo que le gustaba hacer, ganó dinero, se lo gastó, vivió como quiso y cuando la voz y la galanura lo fueron abandonando empezó a volver cada vez más a menudo a Tarifa.

 

En la época en la que iba y venía, y yo no era ya tan mojigato ni tan tonto, recuerdo a Rafael como un tío vital y provocador, con pintas de rey del glam y que hacía gala de su condición sexual y de su estilo de vida con orgullo, para escándalo que quien quisiera escandalizarse, que eran muchos. Aquella época no fue muy larga. Los excesos, el declive de su trayectoria profesional, la mala salud, acabaron trayéndolo definitivamente a Tarifa. Se fue apagando. De los primeros años de su vuelta recuerdo haber sido consciente de otro cambio de personaje. Ya no era Rafael Araújo, artista de éxito internacional, ni La Estrella, cantante de cabaret. Por primera vez oí referirse a él como Filito, a veces entre risas, guiños y sobreentendidos. A veces esas risas venían de mis propios amigos, a los que había que pararles los pies: ‘Más cojones que tú, tiene’.

 

Yo me paraba a saludarlo siempre que coincidíamos. Mis amigos seguían adelante o se retiraban unos metros. A él casi siempre lo veía solo. También de noche, cuando tuve edad de ir saliendo y coincidíamos en los bares, lo veía solo. El orgullo se fue transformando en otra cosa. Se fue apagando.

 

Nunca escuché cantar a mi tío Rafael. La única vez que pude haber tenido ocasión, una feria, llegué tarde. Estaba ya vestido de calle comiendo en la barra.

 

¿Me has escuchado, sobrino?

Qué va, tito, acabo de llegar

Pues menos mal, porque he cantado fatal

 

De todas las personas que fue mi tío Rafael muchos sólo conocieron a esta última. Filito, que se fue apagando, ya sin voz ni galanura, convertido para muchos en caricatura, que se fue aislando de todos, también de su familia, que ya no se paraba a saludarme, que no dejaba a nadie entrar en su casa.

 

Mi tío Rafael no fue ningún santo, pero es que no estaba obligado a serlo. No estaba obligado a encajar en el molde de nadie, y no lo hizo. Tampoco fue un mártir. Vivió su vida como quiso y pudo. Pagó un precio. Nadie debería pagar tan caro el hecho de ser uno mismo y de mostrarlo al mundo. Nadie tiene derecho a reclamarlo.

 

Ojalá él hubiera vivido una tarde como esta.

Más acciones:
Otros autores
Facebook