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Árboles singulares del entorno de Tarifa

Mario Álvarez Osorio | 02 de mayo de 2019

Ombú en las inmediaciones de Baelo Claudia/MAO.

-Se diría que siempre han estado ahí... - me decía un buen amigo que me acompañó por los campos para la documentación de este reportaje.

 

No han estado “siempre”, el paisaje arbóreo de nuestro entorno ha ido variando con el paso de los años. Casi siempre estos cambios vienen provocados por la mano del hombre que suele entrometerse en los planes de la naturaleza, como los pinares de los lances que fueron plantados en los años sesenta del pasado siglo sustituyendo a un bosque de ribera mixto de alcornoques y otras especies que ya habían desaparecido hacía tiempo. Pero en otras ocasiones ciertos individuos sobreviven al paso de los siglos como mudos testigos de la historia. Estos especímenes, normalmente pertenecientes a especies de crecimiento lento como acebuches y olivos han visto nacer y desaparecer civilizaciones sobre sus raíces. El mismo árbol que por germinar en un lugar privilegiado con vistas al mar, siendo un ejemplar joven vivió la pujanza de la ciudad romana de Baelo Claudia en el siglo I de nuestra era, la vio caer bajo la fuerza de los maremotos tres siglos después. Más tarde, él mismo árbol ya más alto y grueso contempló la llegada de los musulmanes a la península desde el norte de África, también los vio marcharse. Después llegaron otros.

Los campos de nuestro municipio esconden incontables tesoros naturales, uno de los más desconocidos para el gran público quizás sea este, los árboles y arboledas singulares del entorno de Tarifa.

Se consideran árboles singulares aquellos que por su tamaño, edad, forma o historia se diferencian del resto. En los territorios del municipio de Tarifa podemos encontrar algunos ejemplos de estos seres vivos tan especiales.

Existe un censo o registro de estos árboles realizado por la consejería de medio ambiente de la Junta de Andalucía que se actualiza periódicamente. En esta catálogo podemos encontrar ejemplares como el magnífico Acebuche de la Calerilla, dentro de  la finca conocida como el Pedregoso, un enorme ejemplar de olivo silvestre de más de seis metros y medio de diámetro. Esto significa que este árbol esta allí desde hace más de mil  quinientos años, ¡lo que podría contarnos ese árbol!. Es difícil calcular la edad de acebuches y olivos pues al crecer pierden la madera del interior, los ejemplares más grandes siempre son huecos, lo que impide contar los anillos de crecimiento, aunque puede hacerse una estimación por el diámetro del tronco.

Afortunadamente para contar los anillos de crecimiento en las especies en las que si es posible, ya no hay que cortar el árbol como antaño, sino que se le realiza una cata, una extracción de un cilindro de material con una broca hueca que nos dará los datos necesarios. Después se le aplica al ejemplar un cicatrizante para que no pueda ser atacado por enfermedades o insectos por el orificio abierto.

En las inmediaciones de Punta Paloma, en el pinar a la derecha de la carretera que lleva hasta paloma baja, una vez pasada la duna, hay catalogados tres enebros de la sub-especie marítima, en riesgo de extinción. Los tres deben su singularidad a la especie a la que pertenecen, su tamaño y su porte arbóreo (los enebros suelen presentar porte arbustivo).

En la parte baja del yacimiento arqueológico de la ciudad hispano romana de Baelo Claudia se encuentra un Ombú bajo cuya sombra se sientan a descansar muchos de los visitantes de las ruinas. El ombú es un árbol originario de Sudamérica por lo que es una especie extraña en estas latitudes, además este es de enormes dimensiones con mas de siete metros y medio de perímetro y trece de altura. Este ejemplar fue plantado hace unos noventa años por José Ríos Jiménez en lo que entonces era el patio del cortijo familiar y ahora es parte del conjunto arqueológico. Su casa fue expropiada por el estado por estar situada sobre el propio yacimiento arqueológico. Al parecer el plantón lo trajeron unos familiares pescadores desde las islas Canarias, esta información me la facilitó uno de sus nietos, mi buen amigo Luis Ríos.

Otro árbol catalogado es el lentisco de Betijuelo, en las estribaciones de la Sierra de San Bartolomé. Este árbol es visible desde el carril de acceso a esta aldea diseminada. Solo los lentiscos muy longevos llegan a convertirse en árboles, la mayoría no pasan de ser simples arbustos. Este se levanta hasta los cinco metros y medio de altura, seguramente ha logrado sobrevivir tanto por estar situado junto a las casas, los lugareños se habrán preocupado de cuidarlo durante generaciones. Quizás un amante de los pájaros, que acuden a alimentarse de sus frutos en gran número.

En cuanto a las arboledas singulares se localizan en el termino de Tarifa dos, una, el quejigal de los Llanos del Juncal, es un bello y denso bosque de quejigos, árbol de la misma familia de encinas y alcornoques, es decir un productor de bellotas, el quejigo resulta de especial interés para la fauna por ofrecer sus frutos antes que sus primos, proveyendo de alimento a muchos animales tras el duro y seco verano mediterráneo. La otra arboleda catalogada como singular es el pinar de La Ahumada. Sobre una superficie de cincuenta hectáreas, crece una población de pinos resineros en una zona dominada por alcornoques y quejigos, algunos ejemplares se elevan rectos como astas de lanza hasta los treinta metros y sus troncos pueden medir hasta tres metros de diámetro, siendo su edad media en torno a sesenta años.

Para la redacción de este artículo me he documentado sobre el terreno, visitando los emplazamientos de varios de estos árboles singulares. Mi gran sorpresa ha sido encontrar varios ejemplares, sobre todo acebuches, no catalogados. La primera persona en ponerme sobre la pista de estos seres milenarios fue Jesús Silva, propietario del reputado y escondido restaurante “el Tesoro”, él mismo me acompañó a visitar el lentisco de Betijuelo y un fantástico ejemplar de acebuche de no menos de ochocientos años situado en las inmediaciones.

En una preciosa excursión durante una mañana del mes de enero, Adolfo Toledo me guió por las estribaciones más norteñas de la Sierra de la Plata para mostrarme un lugar mágico. Cerca de un antiguo poblado llamado Toriviejo se encuentra un bosquecillo despejado de acebuches mezclados con alcornoques. En un  claro donde se observan restos de lo que adolfo llamó un “alfanje”, (antiguos hornos para fabricar carbón a partir de la madera de los árboles), Adolfo me mostró tres enormes acebuches que crecen en linea sobre un afloramiento rocoso que atraviesa el terreno. Los tres superaban los cinco metros de diámetro, el mayor cinco noventa, y la altura la calculamos en torno a los quince metros o más. Podemos calcular a estos árboles entre ochocientos y mil doscientos años de vida. Muy cerca de los acebuches pueden distinguirse restos de muros de piedra que sin duda formaban parte de antiguas construcciones. Las personas han vivido allí durante mucho tiempo, ahora los poblados de campos y sierras han quedado despoblados, pero aún permanecen, como vigilantes de la memoria, los grandes árboles bajo los que se criaron decenas de generaciones. Estos árboles fueron respetados por alguna razón por aquellas gentes, que no los convirtieron en leña o carbón como al resto de sus congéneres. Quizás el hecho de haber crecido junto a los hogares de los hombres les concedió el indulto.

A la vuelta de ese mismo paseo pasamos por otro poblado abandonado, el Puntal. Ahora solo está habitada una casa en las inmediaciones, la de Alfonso Herrera, suegro de Adolfo. El puntal fue una aldea de cierta entidad en un pasado no demasiado remoto y me cuentan que allí se celebraban bailes y fiestas con orquesta y todo. Ahora la naturaleza está tomando posesión de nuevo del terreno ahogando los viejos muros entre enredaderas y zarzas, también un búho real ha hecho de una de las ruinas su cuartel general. El emplazamiento cuenta con varias fuentes y pozos de nombre tan evocadores como la fuente de la Iluminada. Junto a otra de ellas, la fuente del Naranjo, se alza, como su nombre indica, un magnifico naranjo que está cargado de frutos en esta época, mientras nos comíamos un par de sus dulces naranjas Adolfo me contaba una leyenda local relacionada con aquel árbol. Al parecer un día alguien pasó por allí y no contento con comerse algunas naranjas o incluso llevarse unas cuantas para luego, como solían hacer los cazadores o pastores de paso, se las llevó todas, dejando al árbol pelado. El árbol en venganza se llevó sin dar frutos más de cuatro años, pagando todos los habituales paseantes el egoísmo de uno solo.

Este territorio está habitado desde hace miles de años, muchas son las culturas y gentes que han pasado por aquí y todas ellas han compartido su espacio vital con esos otros seres, Los magníficos, grandes y viejos árboles. Son testigos vivos de nuestra historia y en ocasiones forman ellos mismas parte de ella. Puede ser un viejo olmo en el centro de una aldea, bajo cuya sombra se sentaban los ancianos del lugar, donde se discutían los asuntos importantes o se cerraban matrimonios y acuerdos. Un árbol exótico plantado por un antepasado o acebuches que aún gozan de buena salud aunque ya eran viejos cuando  musulmanes y judíos fueron expulsados de las tierras españolas. Sin duda  estos árboles  y arboledas forman parte de nuestro patrimonio cultural y natural, un tesoro más que conocer y cuidar.

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