04:50 h. Domingo, 20 de Enero de 2019

Tarifaaldia

Fallece Manuel Cote, “el último ermitaño de Guadalmesí”

Manuel se negaba en redondo a irse a vivir con algún familiar o a una residencia. “Yo quiero morir aquí donde he estado siempre. Cuando veáis a los buitres revolotear sobre mi 'cábila', entonces será que ha llegado la hora de irme al “Huerto de los callados

Lidia Chico  |  12 de Diciembre de 2018 (08:22 h.)
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Manuel ha dejado una gran huella entre sus vecinos de Guadalmesí/L.C.
Manuel ha dejado una gran huella entre sus vecinos de Guadalmesí/L.C.

 

“La libertad Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Cervantes.

 

El pasado ocho de diciembre nos enteramos de la muerte de Manuel Cote López, el último ermitaño de Guadalmesí. Manuel tenía 89 años, vivía sólo en mitad del campo, cerca de Cala Arenilla. Podía ver el mar desde su huerto, habitaba una choza construida por él con restos de los naufragios de las pateras que arribaban a su playa. La choza tenía las paredes negras del humo, cocinaba con carbón; en otra choza techada con palos de acebuche y palmas tenía su dormitorio, ahora con un colchón, pero antes había sido según me contó, un camastro de palos de acebuche y esteras de palmito. Él llamaba a su hogar “mi cábila”. Cuando nos hicimos amigos me fue enseñando poco a poco todo, y me decía: “Tengo que encalar, que tú dirás que no soy curioso”, haciendo referencia al color de las paredes de su cocina.

 

Cuando aún podía bajar a la Cala de Arenilla, pescaba para alimentarse, cuidaba un pequeño hato de cabras que le servía también de alimento y de compañía; plantaba sus verduras y fabricaba su propio carbón, con el que cocinaba. Fue unos de los últimos carboneros de la campiña tarifeña. Recogía el agua de la lluvia que almacenaba en recipientes de distintos tamaños, no tenía agua de la red ni luz eléctrica, tan sólo unas pequeñísimas placas solares que le habían regalado, para él más que suficiente para alumbrarse: “Yo ya tengo el sol” decía. No tenía televisión, pero si radio; daba buena cuenta de la actualidad en cuanto a noticias se refiere. “Yo sí que vivo en ecológico” decía, o “el problema de ahora es que la gente tiene demasiado de todo, también de alimentos, no se gasta todo lo que se come; mírame a mí” remataba enseñando sus brazos y piernas finas como palillos, “siempre estuve delgado, ahora porque mis piernas no me siguen, pero antes me pasaba el día trajinando de aquí para allá”. Curaba las heridas que se hacía con ceniza, decía que no había que visitar al médico porque, “cuando te dabas cuenta te había ahorcado”.

 

Manuel se negaba en redondo a irse a vivir con algún familiar o a una residencia. “Yo quiero morir aquí donde he estado siempre. Cuando veáis a los buitres revolotear sobre mi cábila, entonces será que ha llegado la hora de irme al “Huerto de los callados”, pero no me llevéis a el; hacéis un agujero aquí mismo y me tiráis dentro, eso si, me echáis un chusco de pan y algo de vino” decía, riéndose con este extraordinario sentido del humor que tenía.

 

Tampoco conseguimos que se marchara con su familia, después de uno de los incendios de este pasado verano. Los vecinos enseguida avisamos del peligro que corría Manuel porque el viento de poniente llevaba el fuego en dirección a su casa, la Guardia Civil junto con los bomberos forestales lo sacaron al camino mientras se trabajaba en las labores de extinción. Salió por su propio pie. “Su casa estuvo a punto de arder ... pero se salvó…nosotros estuvimos allí pendientes de que no se quemase, y parte de la noche después de apagado, estuvimos junto a él en la puerta de su choza conversando y escuchándole mientras nos calentábamos con restos de los sacos de carbón de cepas de lentisco, que el mismo había hecho, y que sí que se quemaron durante el incendio. A mí aquello me pareció una experiencia muy potente. El hombre ha muerto donde siempre quiso estar...bravo por él, seguro que está descansando en paz” narra unos de los bomberos forestales.

Esa misma tarde, y después de que el fuego estuviese controlado, tras su insistencia, las autoridades efectivamente le dejaron regresar a su hogar; mirando desde el camino decía: “Tengo que volver, me he dejado las puertas y las ventanas abiertas” y se reía...

 

Ha muerto en su cábila, y en su cama, de un infarto, apuntó el forense. Lo encontró uno de sus hermanos que le iba a visitar y a llevarle lo que necesitaba, Manuel ya tenía poca movilidad. El día 10 de diciembre, día soleado pero con frío otoñal, le despedimos en su funeral. Apenas unas veinte personas, entre familia, vecinos y amigos. Un funeral entrañable y sencillo, como Manuel. Conversamos todos sobre su extraordinario sentido del humor; “ cogía una manta y una escoba y simulaba ser un Guardia Civil, iba de noche a las eras para asustar a los que las cuidaban” apuntaba un vecino, “ lo que más le gustaba de joven era ir a bañarse a la playa de Guadalmesí, y tirarse desde una de las rocas que hay allí” “ E ir a comer uvas de la extraordinaria parra de Fernando Parada” cuentan otros. “Junto con sus hermanos fueron los mejores pescadores de esta zona”.

“Manuel tenía un tono oscuro como de madera vieja, de la madera de la vida...” apunta Fernando, mi compañero.

Yo le llamaba Manuel, “el hombre de la sonrisa eterna”.

 

El valle de Guadalmesí está gris, está de luto.

Descansa en paz, querido Manuel. Buen viaje.