Tarifaaldia

Las pequeñas cosas que hacen grande a nuestro pueblo

La noche de Navidad, este pequeño rincón de la calle Azogue se convirtió en un baluarte más grande que el castillo, en el que por un momento podía respirarse y sentirse el pasado
La Navidad en estado puro/C.T..
La Navidad en estado puro/C.T..
Las pequeñas cosas que hacen grande a nuestro pueblo

 

Me veo en la obligación de compartirlo a pesar de tener la misma sensación de quien encuentra algo único y teme que al sacarlo a la luz pierda para siempre su carácter especialidad. Pero es que lo vivido el pasado 25 de diciembre fue algo grande digno de contar.


La casualidad me lleva a oír que en un patio a partir de las 00:00 iba a tener lugar una noche de Navidad de las de antes. Y la curiosidad es la que me hace preguntar con picardía a un amigo que asistía para arrancarle las palabras mágicas: “claro, allí estaremos, pásate”. La ubicación ya presagiaba algo bueno, calle Azogue, en una de las viviendas más antiguas de Tarifa generalmente abierta a curiosos, que procuro enseñar a lo largo del año a quienes visitan el pueblo para mostrarles nuestros antiguos patios de vecinos cada vez más inusuales: losas gastadas, suelo abombado por el trasiego de tantas generaciones, columnas blanqueadas, sus macetas, en definitiva, un lugar único.

Lo que a partir de ahora voy a relatarles no es romanticismo gratuito, es una escena congelada en el tiempo. El patio lleva decorado algunas semanas y está abierto para apreciarlo, cuenta además con el aliciente del belén artesano de Francisco López (promotor de la idea junto a su hijo y la colaboración de la familia y amigos) exquisitamente elaborado con todo lujo de detalles. Ahora para la ocasión una candela ilumina la calle y en su interior familiares, amigos y conocidos se encuentran reunidos en corro mientras comen, beben y cantan villancicos tradicionales en un ambiente festivo. La luz tenue le da un aspecto acogedor y el aire que se respira no puede estar más cargado de alegría.


¿Cuántas pandillas de chiquillos recorrieron las calles y campos de nuestro pueblo en grupos cantando? ¿Cuántos patios del centro rebosaron de vida en un día como hoy? La noche de Navidad, este pequeño rincón de la calle Azogue se convirtió en un baluarte más grande que el castillo, en el que por un momento podía respirarse y sentirse el pasado, eso era lo que se desprendía de la expresión de la abuela allí presente, que no decía ni una palabra pero en su mirada y sonrisa fija podía adivinarse una batería felices recuerdos.


Poco más de una veintena de tarifeñas y tarifeños se olvidaron de las prisas y las nuevas formas enlatadas de entender las fiestas, para darnos un golpe de tradición y recordarnos que a veces es necesario detenerse y mirar atrás para ver de dónde venimos, acercarnos a quienes ya no están y pasarle nuestro legado inmaterial a los que vienen. Savia joven que junto a la sabiduría de la edad, no están dispuestos a dejar que la llama de nuestras tradiciones populares más íntimas se apague. Porque detrás de la guitarra de Jesús había una abuela sonriendo desde algún lugar, el cante de los villancicos de Samuel y Estefanía los empujaba un eco antiguo que resonaba en el aire, tras los pestiños cariñosamente elaborados estaba la vieja receta de la madre de la madre de…y tras la idea de Francisco, se encuentra el relato vivo y familiar de una forma de celebrar las fiestas que fue parte identitaria de la navidad tarifeña.

 

Éstas son las pequeñas cosas que hacen grande a nuestro pueblo. Felices fiestas y que sumemos juntos muchos años más sin perder tradiciones tan sanas por el camino de la vida.

Felicidades y enhorabuena a sus artífices.

 

Cristian T. G.

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