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Las aldeas de La Sierra de la Plata

Las chozas eran construidas en piedra seca, con tejado vegetal; barrón o carrizo, palma, castañuela. Todas estas plantas crean, debidamente agrupadas en haces y "cosidas" sobre una estructura de palos o cañas, una cubierta impermeable bajo la que guarecerse de las fuertes lluvias del otoño e invierno.
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Una casa en el Realillo con tejado vegetal en la actualidad, recreación de los tejados originales/MAO
Las aldeas de La Sierra de la Plata

 

Repartidas por las laderas de la Sierra de la Plata pueden localizarse los restos de varias pequeñas aldeas ya deshabitadas; El Puntal del Alamillo, los Boquetillos, Las Cancherreras Bajas y las Canchorreras Altas son algunas de ellas. Pequeños núcleos poblacionales que, en tiempos pretéritos, pero no muy lejanos, daban cobijo a los habitantes de nuestros campos y montes. Apenas aunaban a un puñado de familias cada una. Ubicadas en lugares con condiciones similares; uno o varios puntos de agua cercanos, fuentes, manantiales o pozos, en una zona protegida de los vientos, fundamentalmente del molesto levante, relativamente alejadas de las principales vías de comunicación, ubicaciones rodeadas de vegetación, con bosques donde encontrar recursos como madera o caza, y donde pudieran triscar los pequeños rebaños de cabras u hozar algún cochino.

 

Las chozas, pues chozas eran las casas que formaban estas aldeas, eran construidas en piedra seca, con tejado vegetal; barrón o carrizo, palma, castañuela. Todas estas plantas crean, debidamente agrupadas en haces y "cosidas" sobre una estructura de palos o cañas, una cubierta impermeable bajo la que guarecerse de las fuertes lluvias del otoño e invierno.

 

Las chozas normalmente formaban pareja, dos chozas muy próximas una de otra, en paralelo o en "ele", separadas por un pequeño espacio a modo de patio, a veces cerrado por un muro. Una de las chozas, llamada "la casa de las camas", o "la casa blanca", se usaba solo para dormir, estructuras de cañas con “colchones" de ramas de lentisco, formaban las camas. Una para los padres, una para los hijos, a veces una tercera cama para dividir hijos varones de hijas hembras. La otra choza la llamaban "la casa de la candela”, donde se cocinaba, casi nunca contaba con chimenea, el humo simplemente buscaba la salida entre la techumbre vegetal y los huecos de la puerta y las pequeñas ventanas. El combustible, normalmente leña o carbón vegetal, elaborado este último en hornos de tierra y piedra construidos por los propios aldeanos en los "alfanjes", claros ganados al bosque para tal fin.

 

La "casa de la candela", era llamada a veces la "gañanía", pues en ella pernoctaban los gañanes, trabajadores de paso, acogidos de manera provisional en la casa de una familia, la solidaridad del campero.

 

Estas aldeas no contaban con servicios municipales de ninguna clase, nunca llegó a ellas el agua corriente, la electricidad o el alcantarillado. Tampoco tenían escuela ni iglesia, ni espacios comunitarios mas allá de la sombra de algún alcornoque, quejigo o acebuche centenario, donde los hombres discutían los asuntos de interés comunitario o simplemente se reunían en los escasos momentos de tedio. Las mujeres coincidían en las piedras de lavar, rocas a la orilla de un regajo o riachuelo próximo donde adecentar con agua y mucho esfuerzo las ropas de cuerpos y hogares. En itinerancia llegaban maestros de vocación para enseñar las cuatro reglas y recoveros, comerciantes de trueque y encargos.

 

Separados de las casas, para minimizar el riesgo de incendios, se construían los hornos de pan, de nuevo utilizando la piedra, en forma de cúpula o de túnel. Un mismo horno podía ser usado por varias familias, cada una con su propia harina y su propia leña cocía su pan.

 

Muy cerca de las Canchorreras Altas se encuentran los restos de un molino harinero hidráulico, que las aguas del arroyo del Candalar hacia funcionar en el pasado y donde los aldeanos molían sus fanegas o medias fanegas de trigo a cambio de dejar una parte de la harina (la "máquila") al molinero.

 

Ignoro si los restos de estas y de otras aldeas están protegidas bajo algún paraguas normativo como parte de nuestro patrimonio histórico-cultural o si están censadas siquiera como bienes de interés. Si no es así alguien debería realizar las gestiones pertinentes para hacerlo posible.

 

Quien esté interesado en profundizar sobre la vida de nuestros abuelos y abuelas y sus antepasados en estos núcleos diseminados puede encontrar amplia información en el libro "Muros de piedra y techo de castañuela" de Beatriz Díaz, fuente de la que procede gran parte de este artículo.

 

 

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